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	<title>Aruz Ediciones &#187; Tierra de Campos</title>
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	<description>La memoria de nuestras gentes. La historia de nuestra tierra</description>
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		<title>Los antiguos Carnavales de Medina de Rioseco</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2020 09:57:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tierra de Campos]]></category>
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		<description><![CDATA[El Carnaval es una de las fiestas que más importancia tuvo en Medina de Rioseco en otros tiempos, festejándose por todo lo alto. La celebración actual nada tiene que ver con la vivida en la localidad en los años treinta. Durante lunes, martes y miércoles se sucedían los actos carnavalescos que culminaban con la celebración, el miércoles de ceniza, del Entierro de la Sardina. VIRGINIA ASENSIO Y FERNANDO FRADEJAS Por aquellos años y constatamos que también en el ochocientos, estas fiestas suponían un desahogo previo a la Cuaresma. En esos días se vivía un poco más libre, la gente se entregaba a las bromas, al regocijo y a los misterios del disfraz. Las risas, los bailes y el entretenimiento en general estaban servidos para una población trabajadora, deseosa de salir de los rigores del invierno y disfrutar antes de la llegada del ayuno y el recogimiento. Era un poco rozar con los dedos de la mano lo prohibido, utilizar el bullicio y la animación para coquetear con lo vedado, desafiar las normas y a los mandamases. Una fiesta que no estaba bien vista por la Iglesia católica, que consideraba los desenfrenos y atrevimientos propios de esos días lúdicos como algo frívolo y pecaminoso. Aun así, desde el jueves previo al Carnaval, llamado jueves lardero, los vecinos respiraban de otra manera. Se notaba que se acercaban los días propios del disfrute y las alegrías, en las casas y en la sede de la Sociedad de la Sardina se ultimaban los preparativos de los disfraces y olía ya a las típicas orejuelas de Carnaval, a las que se sumaban habitualmente las torrijas. En lugares como el Casino, el Círculo de Recreo o el Círculo de Artesanos se celebraban concurridos bailes de máscaras y fiestas de sociedad. En otros recintos públicos, como el Salón Ideal, se representaban los mejores espectáculos de varietés y, como ningún temporal anulaba el deseo patente de divertirse al aire libre, en el paseo del Bulevar (parque Duque de Osuna o antiguo paseo de la Horquilla) se bailaba al compás de los acordes de la Banda Municipal y de la tuna, del pasacalles y la dulzaina. La documentación de la época nos habla de unos y otros encuentros y, mientras en los bailes de sociedad sus socios lucían elegantes máscaras y trajes, mantones de manila o preciosos carruajes, por las calles parece que se encontraban disfraces mucho más socarrones y vulgares. La Rondalla riosecana animaba también el Carnaval. Disfrazados de arlequines, bufones, con sombreros, lazos y toda clase de adornos, o como extravagantes personajes de lejanos países, actuaba en esos días en calles, plazas, teatro, salones del Ayuntamiento e incluso en casas particulares, interpretando alegres piezas musicales por las que eran grandemente aclamados y recibían generosos donativos. Las calles también eran recorridas por carrozas que, engalanadas artísticamente, hacían el paseíllo dirigidas por grupos disfrazados con esmerado ingenio, combatiendo en una animada batalla personalizada por sonoros cohetes y montones de serpentinas y papelillos de colores. Y, por supuesto, no hay fiesta que se precie en la que no haya celebración taurina. Unas veces tardes de lidia, otras encierros de reses mansas que corrían por las calles tras los jocosos disfraces, y en otras ocasiones espectáculos cómico taurinos. Hasta alguna vez se representó en la Plaza Mayor el lance taurómaco de Don Tancredo, personaje humorístico que, a modo de estatua inmóvil sobre un pedestal, tentaba a la fortuna encarnada en el mosqueado toro que, si al rodearlo olisqueando descubría el engaño, embestía sin dudar provocando más de un susto y algún que otro revolcón al valiente lidiador, para regocijo y carcajada del público asistente. La celebración del Carnaval tenía su cénit en la representación humorística del Entierro de la Sardina, una fiesta que arrancaba previo aviso de las trompetas, con la lectura del Sermón de la Sardina a cargo cada año de un predicador que, asomado a un balcón de la Plaza Mayor frente al Ayuntamiento, en su burlesco discurso hacía alusión a reconocidos personajes locales y a las historias y chismes acontecidos a lo largo del año, provocando las risotadas de todos los allí congregados. Tras ese acto, la multitud de vecinos dispuestos a presenciar el espectáculo buscaba un sitio cobijándose bajo los soportales de la calle Mayor. Seguía un primer desfile en el que se personalizaban las diferentes instituciones a las que durante el año era obligación respetar, acompañados de cabezudos de congelada fealdad, banda de música y dulzaineros. Una cabalgata en la que, con el orden acostumbrado y uno a uno, desfilaban en formación los diferentes cuerpos del ejército. Los gastadores abrían fila como mandan las órdenes militares, seguidos por la caballería, los lanceros y la artillería. Todos pasaban revista caracterizados como Dios manda, con sus disfraces para nada improvisados, cada cual con su atinado y brillantísimo atuendo en el que no faltaban las espadas, corazas, lanzas, faldellines, cascos y yelmos. La componenda contaba incluso con pesados carros y cañones de combate, y hasta los pobres animales de labor formaban parte del artificio librándose por unas horas de su fatigoso destino, tornándose sin serlo y sin poder disimularlo en los más elegantes corceles propios de los mejores y más valientes soldados. Tras la marcha del cuerpo militar, desfilaba una procesión de lamentos, adivinándose entre los sollozos los irreverentes rezos provenientes de las fingidas sotanas que rodeaban el coche fúnebre de la pobre Sardina, dirigido por un tétrico cochero y sus dos lacayos. Al cortejo se sumaba un buen grupo de hombres disfrazados para representar la conocida como Escuela del Capillo, decenas de falaces niños ya entrados en años que escenificaban, entre las ovaciones de los espectadores, visibles gestos de inmadurez. Les seguía un nutrido número de amas de cría, representadas por imberbes nada pudorosos con falsos rorros en su regazo, que sorprendían con desvergonzados disfraces de exagerados atractivos femeninos. Y es que en aquellos tiempos no escaseaban las mujeres que se anunciaban responsables, jóvenes, casadas y de buena leche, para amamantar a hijos de otras madres, a cambio de una retribución económica, de lo que resultaban los llamados en aquellos tiempos hermanos de leche. La pantomima se cerraba como se cierran todos los desfiles y procesiones, con la Corporación en pleno, representada por encopetados personajes que ridículamente presumían de su posición linajuda y entre los que no faltaban alcalde, concejales y maceros. Concluida la primera marcha, rotas las filas y depuestas las armas, todos los participantes se entregaban a una justa y merecida refacción y descanso en la Plaza Mayor y vestíbulo del Ayuntamiento asistiendo, además del cuerpo bélico, familiares y amigos. Tras la suculenta merienda, de nuevo se reorganizaba la tropa y al compás de tambores y clarines, el ejército sardinero iniciaba un segundo desfile, ya de anochecida, alumbrados por antorchas y farolillos. Esta vez con más respetuoso silencio, acompañados solo por el llanto de las plañideras, los soldados en un truculento desfile hacia los terrenos del Castillo protagonizaban el sepelio propiamente dicho en el que por fin se daba tumba a la sardina, regresando después a la Plaza Mayor para dar por finalizado el Carnaval y recibir, ya saciados, la Cuaresma. A pesar de ser, como hemos dicho, una fiesta liberal, la provocación y los excesos a los que al parecer se entregaba la población llevaron a los munícipes a redactar una serie de disposiciones para guardar el orden y compostura en todos los sitios de distracción pública en esos días, lo que no deja de ser una prueba más de la numerosa participación del vecindario en su organización, el abundante público forastero que asistía a disfrutar del festejo y la pasión con la que lo vivían en general todos los vecinos. Entre estas normas, se prohibió a los enmascarados dirigirse a cualquier persona con palabras indecorosas u ofensivas, arrojar agua, manchar las ropas o molestar de cualquier otra manera al público presente. Tampoco se permitiría utilizar como complemento a los disfraces bastones, armas o espuelas, ni ofender con ellos a las autoridades civiles, militares o dignidades religiosas, algo solo permitido según hemos comprobado el miércoles durante la representación del populoso Entierro. En los diferentes locales de ocio no se permitía fumar ni entrar con bebidas “espirituosas” y, por supuesto, se prohibía que se sentasen “unas mascaras sobre otras, ni obscenidades de ninguna especie”. Lo que desconocemos es hasta qué punto eran acatadas cada una de estas disposiciones. Leído todo esto, podría extrañar que en la actualidad nada quede de aquellos concurridos y afamados carnavales, que la memoria colectiva casi haya borrado esta manifestación y hoy se haya recuperado con un sentido y una puesta en escena completamente distintos, tal vez por su ya desvirtuado concepto de transgredir las leyes. La explicación la hallamos en la prohibición general de su celebración en plena Guerra Civil, una censura que desde 1937 se mantuvo durante prácticamente toda la Dictadura, no recuperándose hasta casi los años ochenta. Desde aquella prohibición, año tras año, los sucesivos alcaldes emitieron bandos en los que se recordaba a todo el vecindario la obligación de cumplir tal disposición, prohibiéndose el uso de caretas o disfraces y la celebración de bailes y fiestas que sugirieran o exteriorizaran la celebración del Carnaval. Poco a poco, la orden se fue haciendo algo más permisiva y fueron tolerándose a partir de los años cincuenta algunos bailes privados de sociedad. En 1951, por ejemplo, se consintió a algunos establecimientos y sociedades la celebración de bailes “con trajes de época o regionales que no constituyan disfraz y sin velar el rostro en ningún caso”, manteniendo la censura de su manifestación callejera y castigando a quien aprovechase la circunstancia de ir con los atuendos autorizados de un sitio a otro para comportarse de forma incorrecta, vistiendo prendas del sexo contrario o manifestando una ruidosa euforia “a la que no suele ser ajena la ingestión alcohólica que les ayuda a vencer el pudor de su ridícula situación”. Para más información: Latidos en blanco y negro. Medina de Rioseco: memorias de un pueblo en ventanas de papel]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Carnaval es una de las fiestas que más importancia tuvo en Medina de Rioseco en otros tiempos, festejándose por todo lo alto. La celebración actual nada tiene que ver con la vivida en la localidad en los años treinta. Durante lunes, martes y miércoles se sucedían los actos carnavalescos que culminaban con la celebración, el miércoles de ceniza, del Entierro de la Sardina.</strong></p>
<p><em>VIRGINIA ASENSIO Y FERNANDO FRADEJAS</em></p>
<p>Por aquellos años y constatamos que también en el ochocientos, estas fiestas suponían un desahogo previo a la Cuaresma. En esos días se vivía un poco más libre, la gente se entregaba a las bromas, al regocijo y a los misterios del disfraz. Las risas, los bailes y el entretenimiento en general estaban servidos para una población trabajadora, deseosa de salir de los rigores del invierno y disfrutar antes de la llegada del ayuno y el recogimiento. Era un poco rozar con los dedos de la mano lo prohibido, utilizar el bullicio y la animación para coquetear con lo vedado, desafiar las normas y a los mandamases. Una fiesta que no estaba bien vista por la Iglesia católica, que consideraba los desenfrenos y atrevimientos propios de esos días lúdicos como algo frívolo y pecaminoso.</p>
<p>Aun así, desde el jueves previo al Carnaval, llamado jueves lardero, los vecinos respiraban de otra manera. Se notaba que se acercaban los días propios del disfrute y las alegrías, en las casas y en la sede de la Sociedad de la Sardina se ultimaban los preparativos de los disfraces y olía ya a las típicas orejuelas de Carnaval, a las que se sumaban habitualmente las torrijas. En lugares como el Casino, el Círculo de Recreo o el Círculo de Artesanos se celebraban concurridos bailes de máscaras y fiestas de sociedad. En otros recintos públicos, como el Salón Ideal, se representaban los mejores espectáculos de varietés y, como ningún temporal anulaba el deseo patente de divertirse al aire libre, en el paseo del Bulevar (parque Duque de Osuna o antiguo paseo de la Horquilla) se bailaba al compás de los acordes de la Banda Municipal y de la tuna, del pasacalles y la dulzaina. La documentación de la época nos habla de unos y otros encuentros y, mientras en los bailes de sociedad sus socios lucían elegantes máscaras y trajes, mantones de manila o preciosos carruajes, por las calles parece que se encontraban disfraces mucho más socarrones y vulgares.</p>
<p>La <em>Rondalla</em> riosecana animaba también el Carnaval. Disfrazados de arlequines, bufones, con sombreros, lazos y toda clase de adornos, o como extravagantes personajes de lejanos países, actuaba en esos días en calles, plazas, teatro, salones del Ayuntamiento e incluso en casas particulares, interpretando alegres piezas musicales por las que eran grandemente aclamados y recibían generosos donativos. Las calles también eran recorridas por carrozas que, engalanadas artísticamente, hacían el paseíllo dirigidas por grupos disfrazados con esmerado ingenio, combatiendo en una animada batalla personalizada por sonoros cohetes y montones de serpentinas y papelillos de colores.</p>
<p>Y, por supuesto, no hay fiesta que se precie en la que no haya celebración taurina. Unas veces tardes de lidia, otras encierros de reses mansas que corrían por las calles tras los jocosos disfraces, y en otras ocasiones espectáculos cómico taurinos. Hasta alguna vez se representó en la Plaza Mayor el lance taurómaco de <em>Don Tancredo</em>, personaje humorístico que, a modo de estatua inmóvil sobre un pedestal, tentaba a la fortuna encarnada en el mosqueado toro que, si al rodearlo olisqueando descubría el engaño, embestía sin dudar provocando más de un susto y algún que otro revolcón al valiente lidiador, para regocijo y carcajada del público asistente.</p>
<p>La celebración del Carnaval tenía su cénit en la representación humorística del <em>Entierro de la Sardina</em>, una fiesta que arrancaba previo aviso de las trompetas, con la lectura del <em>Sermón de la Sardina</em> a cargo cada año de un predicador que, asomado a un balcón de la Plaza Mayor frente al Ayuntamiento, en su burlesco discurso hacía alusión a reconocidos personajes locales y a las historias y chismes acontecidos a lo largo del año, provocando las risotadas de todos los allí congregados. Tras ese acto, la multitud de vecinos dispuestos a presenciar el espectáculo buscaba un sitio cobijándose bajo los soportales de la calle Mayor.</p>
<p>Seguía un primer desfile en el que se personalizaban las diferentes instituciones a las que durante el año era obligación respetar, acompañados de cabezudos de congelada fealdad, banda de música y dulzaineros. Una cabalgata en la que, con el orden acostumbrado y uno a uno, desfilaban en formación los diferentes cuerpos del ejército. Los gastadores abrían fila como mandan las órdenes militares, seguidos por la caballería, los lanceros y la artillería. Todos pasaban revista caracterizados como Dios manda, con sus disfraces para nada improvisados, cada cual con su atinado y brillantísimo atuendo en el que no faltaban las espadas, corazas, lanzas, faldellines, cascos y yelmos. La componenda contaba incluso con pesados carros y cañones de combate, y hasta los pobres animales de labor formaban parte del artificio librándose por unas horas de su fatigoso destino, tornándose sin serlo y sin poder disimularlo en los más elegantes corceles propios de los mejores y más valientes soldados.</p>
<p>Tras la marcha del cuerpo militar, desfilaba una procesión de lamentos, adivinándose entre los sollozos los irreverentes rezos provenientes de las fingidas sotanas que rodeaban el coche fúnebre de la pobre Sardina, dirigido por un tétrico cochero y sus dos lacayos. Al cortejo se sumaba un buen grupo de hombres disfrazados para representar la conocida como <em>Escuela del Capillo</em>, decenas de falaces niños ya entrados en años que escenificaban, entre las ovaciones de los espectadores, visibles gestos de inmadurez. Les seguía un nutrido número de amas de cría, representadas por imberbes nada pudorosos con falsos rorros en su regazo, que sorprendían con desvergonzados disfraces de exagerados atractivos femeninos. Y es que en aquellos tiempos no escaseaban las mujeres que se anunciaban responsables, jóvenes, casadas y de buena leche, para amamantar a hijos de otras madres, a cambio de una retribución económica, de lo que resultaban los llamados en aquellos tiempos hermanos de leche.</p>
<p>La pantomima se cerraba como se cierran todos los desfiles y procesiones, con la Corporación en pleno, representada por encopetados personajes que ridículamente presumían de su posición linajuda y entre los que no faltaban alcalde, concejales y maceros.</p>
<p>Concluida la primera marcha, rotas las filas y depuestas las armas, todos los participantes se entregaban a una justa y merecida refacción y descanso en la Plaza Mayor y vestíbulo del Ayuntamiento asistiendo, además del cuerpo bélico, familiares y amigos. Tras la suculenta merienda, de nuevo se reorganizaba la tropa y al compás de tambores y clarines, el ejército sardinero iniciaba un segundo desfile, ya de anochecida, alumbrados por antorchas y farolillos. Esta vez con más respetuoso silencio, acompañados solo por el llanto de las plañideras, los soldados en un truculento desfile hacia los terrenos del Castillo protagonizaban el sepelio propiamente dicho en el que por fin se daba tumba a la sardina, regresando después a la Plaza Mayor para dar por finalizado el Carnaval y recibir, ya saciados, la Cuaresma.</p>
<p>A pesar de ser, como hemos dicho, una fiesta liberal, la provocación y los excesos a los que al parecer se entregaba la población llevaron a los munícipes a redactar una serie de disposiciones para guardar el orden y compostura en todos los sitios de distracción pública en esos días, lo que no deja de ser una prueba más de la numerosa participación del vecindario en su organización, el abundante público forastero que asistía a disfrutar del festejo y la pasión con la que lo vivían en general todos los vecinos. Entre estas normas, se prohibió a los enmascarados dirigirse a cualquier persona con palabras indecorosas u ofensivas, arrojar agua, manchar las ropas o molestar de cualquier otra manera al público presente. Tampoco se permitiría utilizar como complemento a los disfraces bastones, armas o espuelas, ni ofender con ellos a las autoridades civiles, militares o dignidades religiosas, algo solo permitido según hemos comprobado el miércoles durante la representación del populoso Entierro. En los diferentes locales de ocio no se permitía fumar ni entrar con bebidas <em>“espirituosas”</em> y, por supuesto, se prohibía que se sentasen <em>“unas mascaras sobre otras, ni obscenidades de ninguna especie”</em>. Lo que desconocemos es hasta qué punto eran acatadas cada una de estas disposiciones.</p>
<p>Leído todo esto, podría extrañar que en la actualidad nada quede de aquellos concurridos y afamados carnavales, que la memoria colectiva casi haya borrado esta manifestación y hoy se haya recuperado con un sentido y una puesta en escena completamente distintos, tal vez por su ya desvirtuado concepto de transgredir las leyes. La explicación la hallamos en la prohibición general de su celebración en plena Guerra Civil, una censura que desde 1937 se mantuvo durante prácticamente toda la Dictadura, no recuperándose hasta casi los años ochenta. Desde aquella prohibición, año tras año, los sucesivos alcaldes emitieron bandos en los que se recordaba a todo el vecindario la obligación de cumplir tal disposición, prohibiéndose el uso de caretas o disfraces y la celebración de bailes y fiestas que sugirieran o exteriorizaran la celebración del Carnaval. Poco a poco, la orden se fue haciendo algo más permisiva y fueron tolerándose a partir de los años cincuenta algunos bailes privados de sociedad. En 1951, por ejemplo, se consintió a algunos establecimientos y sociedades la celebración de bailes <em>“con trajes de época o regionales que no constituyan disfraz y sin velar el rostro en ningún caso”</em>, manteniendo la censura de su manifestación callejera y castigando a quien aprovechase la circunstancia de ir con los atuendos autorizados de un sitio a otro para comportarse de forma incorrecta, vistiendo prendas del sexo contrario o manifestando una ruidosa euforia <em>“a la que no suele ser ajena la ingestión alcohólica que les ayuda a vencer el pudor de su ridícula situación”</em>.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/latidos-en-blanco-y-negro-medina-de-rioseco-memorias-de-un-pueblo-en-ventanas-de-papel/">Para más información: Latidos en blanco y negro. Medina de Rioseco: memorias de un pueblo en ventanas de papel</a></p>
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		<title>El monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes</title>
		<link>https://aruz.es/el-monasterio-de-san-zoilo-de-carrion-de-los-condes/420/</link>
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		<pubDate>Sat, 25 Nov 2017 10:55:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Palencia]]></category>
		<category><![CDATA[Tierra de Campos]]></category>

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		<description><![CDATA[Con un origen que se remonta a los tiempos de la repoblación cristiana, el monasterio de San Zoilo cuenta con verdaderas joyas artísticas, entre las que destaca su impresionante claustro plateresco, su portada románica, sus telas islámicas, sus sepulcros medievales o el retablo traído de Baquerín. Un sorprendente compendio artístico elaborado a lo largo de los siglos. LORENA GARCÍA GARCÍA El origen del monasterio de San Zoilo podría remontarse a mediados del siglo X, cuando hubo un pequeño asentamiento probablemente mozárabe habitado por monjes venidos de Córdoba. En el año 1047, Gómez Díaz, conde de Saldaña y Carrión, recibió el monasterio entonces dedicado a San Juan Bautista gracias a una donación de Fernando I de León. Poco después, en 1070, el primogénito del conde, Fernando Díaz, recibió las reliquias de los mártires hispanorromanos Zoilo y Félix, además de las del obispo Agapio, como compensación a la ayuda prestada al rey Mahomat en la guerra que mantenía en Córdoba con Alfonso VI. Desde entonces el monasterio adquirió la triple advocación. En 1076, fallecido Gómez, sus hijos y su esposa, la condesa Teresa, biznieta de los reyes de León, entregaron el monasterio a la abadía francesa de San Pedro Cluny. En el contexto de la reforma cluniacense podemos situar las obras de reedificación prolongadas hasta mediados del siglo XII, de ahí que el templo conserve restos románicos como su portada occidental, el cuerpo bajo de la torre y algunos capiteles. Los cuatro capiteles de la portada recogen el tema de la salvación de las almas. Los capiteles exteriores aluden al bien y los capiteles interiores simbolizan el mal. Esta portada había estado tapiada desde 1786. Ese año se descubrieron los sepulcros de los condes Banu-Gómez, fundadores del cenobio, que se hallaban bajo el pavimento. El sepulcro de la condesa Teresa fue trasladado a la capilla mayor del templo (lado de la Epístola), ubicándose desde 1631, con la reconstrucción del templo, en el lado del Evangelio. Los demás sepulcros vieron definitivamente la luz en 1946, contabilizándose un total de once, además de varias laudas, que se ubicaron a los pies de la iglesia. Los más antiguos, lisos, pueden datarse entre los siglos XI y XII. Dentro del esplendoroso período que atravesó San Zoilo durante gran parte la Edad Media destacan dos telas islámicas datadas entre los siglos XI y XII, utilizadas para envolver las reliquias de los Santos Zoilo, Félix y Agapio traídas de Córdoba. Las vistosas sargas –una roja, con águilas afrontadas con la cabeza vuelta y otra azul, con decoración de águilas explayadas– están expuestas en la sacristía del templo. Están realizadas en seda y son de carácter reversible. San Zoilo estuvo sujeto al priorato de Cluny hasta 1430, momento en que fue elevado a la categoría de abadía. En 1532 fue anexionado a la congregación de San Benito de Valladolid, siguiendo los preceptos de la orden hasta 1836, cuando sufrió la Desamortización de Mendizábal. En el siglo XVI fue construido su célebre claustro plateresco. Las obras comenzaron el 7 de marzo de 1537 en la galería inferior y finalizaron el 27 de marzo de 1604 en la superior. El claustro bajo está formado por cuatro galerías de cinco arcos apuntados, jalonados por contrafuertes y sustentados por 24 bóvedas de crucería esculpidas enteramente, al igual que las ménsulas sobre las que apoyan. Entre los artífices más destacados de esta joya artística están el entallador burgalés Miguel de Espinosa, el escultor zamorano Antonio Morante y los arquitectos Juan de Badajoz el Mozo, Pedro Castrillo y Juan de Celaya, quien concluyó el claustro bajo en 1577. El ciclo iconográfico comienza en la panda oriental, donde hallamos la Puerta de las Procesiones que da acceso al templo, de tipo plateresco, similar a la que Badajoz realizó para la sacristía de la catedral de León. Junto a ella está la imagen de un Cristo atado a la columna de piedra caliza, de excelente calidad y cuya datación oscila entre 1535 y 1575. La primera bóveda, en el ángulo nororiental, está dedicada a la fundación del monasterio, con los benefactores del mismo, los condes Banu-Gómez y San Zoilo ubicado en la clave central. Las obras del claustro alto, formado por cuatro pandas de diez arcos de medio punto convertidos en ventanales, fueron dirigidas por el arquitecto Pedro de Torres, con la colaboración de Juan de Bobadilla y Pedro Cicero como escultores. Entre los arcos hay doce medallones: cinco de la familia condal –doña Teresa, don Gómez Díaz, Diego, Fernando y Pelayo Gómez–, cuatro relativos a la advocación del cenobio –San Zoilo, San Félix, San Agapio y San Juan– y tres alusivos a la orden benedictina –San Benito, San Leandro y San Ildefonso–. En 1633 comienza la renovación del templo, manteniendo parte de los muros y la torre románica. En 1642 los maestros de obras Melchor Ruiz, Tomás García y Francisco Ponce, siguiendo principios clasicistas, levantan la capilla mayor, el crucero y el tramo contiguo. En 1644, el vallisoletano Francisco Ruiz de la Cámara realiza las pinturas de la cúpula y pechinas, en las que representa diferentes santos vinculados al cenobio, que desaparecieron a mediados del siglo XX. En 1666 el maestro cántabro Diego Zorlado Rivero se puso al mando de los trabajos y levantó los dos tramos que faltaban de la iglesia. Además de finalizar la iglesia, Zorlado edificó la fachada barroca que, situada junto a la torre románica, venía adjudicándose erróneamente a Felipe Berrojo. En la parte inferior, San Juan Bautista y el mártir benedictino San Félix se erigen en recuerdo de la antigua advocación del convento. Sobre cada uno de ellos aparece un escudo: el de la izquierda corresponde al monasterio de San Zoilo y el de la derecha es el símbolo de las abadías benedictinas. El mártir cordobés San Zoilo, ataviado a la moda romana, preside la hornacina principal sobre el acceso. En el cuerpo alto está San Benito sustentando la Regla Benedictina y el báculo. Las obras debieron estar ejecutada en 1668, así lo indica la inclusión de las armas de Portugal en el escudo de Carlos II que preside el segundo cuerpo, pues el reino luso se independizó de la Corona española dicho año. Dentro de la iglesia destaca el retablo mayor, procedente de la iglesia de Santa María de Arbís de Baquerín, de donde se trajo hacia 1986, dada la ruina de aquel templo. Dividido en banco, dos grandes cuerpos en cinco calles y ático, esta obra fue realizada por un seguidor del escultor Gregorio Fernández. En la predela hay cuatro pinturas de las Virtudes Cardinales, entre las cuales se sitúa el sagrario, que contiene un relieve de Cristo Resucitado sobre el que está Santo Toribio de Liébana. No se conservan, por haber sido robadas, las esculturas de San Pedro, San Pablo, Santo Domingo, San Jerónimo y San Esteban, atribuidas a Tomás de Sierra. Este artista es también autor de los magníficos bultos de los cuatro Padres de la Iglesia Latina: San Gregorio Magno y San Ambrosio en el nivel inferior; además de San Jerónimo y San Agustín, en el segundo cuerpo. En el centro hay una Asunción que sigue el prototipo de Fernández, con los clásicos pliegues alatonados y la caída simétrica de la cabellera. En las calles laterales se ven cuatro relieves: Nacimiento de la Virgen, la Visitación, Adoración de los Reyes y Adoración de los Pastores. Remata la composición un Calvario atribuido a Antonio de Ribera. Hacia el centro del templo hay dos retablos neoclásicos, también de finales del XVIII, que albergan dos imágenes: la de la mística alemana Santa Gertrudis, obra de notable calidad traída de Madrid en 1700; y el Santo Cristo Real, de finales del siglo XVI, que porta cabellera postiza y traduce un marcado patetismo. En el brazo sur del crucero, aunque originalmente ubicado en el coro, se halla el retablo de la Magdalena, cuyo ensamblaje fue realizado en el primer tercio del XVII. La escultura que lo preside es una copia de la Magdalena Penitente de Pedro de Mena, realizada en 1803 por la Academia vallisoletana. Durante el cuatrienio del abad don Jacinto Díez (1713-1717), se realizó la sillería coral de madera de nogal, articulada a través de columnillas salomónicas, así como el órgano barroco, encargado en 1716 al maestro organero vallisoletano Gregorio Roldán, ambos en el coro alto del templo. A lo largo del siglo XIX, la plácida vida de los monjes se vio alterada por los asaltos y las desamortizaciones. Entre 1810 y 1814 las tropas francesas ocuparon el cenobio y de 1820 a 1823 se vieron obligados a abandonar de nuevo su morada, hasta que en 1835 llegó el golpe más duro para San Zoilo, al perder gran parte de sus bienes. En 1841 se salvó de la subasta pública y fue convertido en fábrica de harinas. Su pervivencia fue posible gracias a los padres de la Compañía de Jesús, quienes mantuvieron y reedificaron la casa conventual para adaptarla a los usos docentes. Tras unos años de desalojo, el conjunto, salvo la iglesia y el claustro, fue vendido a una empresa privada y convertido en hospedería en 1991. Para más información: Carrión de los Condes, arte, historia y tradiciones]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Con un origen que se remonta a los tiempos de la repoblación cristiana, el monasterio de San Zoilo cuenta con verdaderas joyas artísticas, entre las que destaca su impresionante claustro plateresco, su portada románica, sus telas islámicas, sus sepulcros medievales o el retablo traído de Baquerín. Un sorprendente compendio artístico elaborado a lo largo de los siglos.</strong></p>
<p><em>LORENA GARCÍA GARCÍA</em></p>
<p>El origen del monasterio de San Zoilo podría remontarse a mediados del siglo X, cuando hubo un pequeño asentamiento probablemente mozárabe habitado por monjes venidos de Córdoba. En el año 1047, Gómez Díaz, conde de Saldaña y Carrión, recibió el monasterio entonces dedicado a San Juan Bautista gracias a una donación de Fernando I de León. Poco después, en 1070, el primogénito del conde, Fernando Díaz, recibió las reliquias de los mártires hispanorromanos Zoilo y Félix, además de las del obispo Agapio, como compensación a la ayuda prestada al rey Mahomat en la guerra que mantenía en Córdoba con Alfonso VI. Desde entonces el monasterio adquirió la triple advocación.</p>
<p>En 1076, fallecido Gómez, sus hijos y su esposa, la condesa Teresa, biznieta de los reyes de León, entregaron el monasterio a la abadía francesa de San Pedro Cluny. En el contexto de la reforma cluniacense podemos situar las obras de reedificación prolongadas hasta mediados del siglo XII, de ahí que el templo conserve restos románicos como su <strong>portada occidental</strong>, el cuerpo bajo de la torre y algunos capiteles. Los cuatro capiteles de la portada recogen el tema de la salvación de las almas. Los capiteles exteriores aluden al bien y los capiteles interiores simbolizan el mal. Esta portada había estado tapiada desde 1786.</p>
<p>Ese año se descubrieron los <strong>sepulcros de los condes Banu-Gómez</strong>, fundadores del cenobio, que se hallaban bajo el pavimento. El sepulcro de la condesa Teresa fue trasladado a la capilla mayor del templo (lado de la Epístola), ubicándose desde 1631, con la reconstrucción del templo, en el lado del Evangelio. Los demás sepulcros vieron definitivamente la luz en 1946, contabilizándose un total de once, además de varias laudas, que se ubicaron a los pies de la iglesia. Los más antiguos, lisos, pueden datarse entre los siglos XI y XII.</p>
<p>Dentro del esplendoroso período que atravesó San Zoilo durante gran parte la Edad Media destacan dos<strong> telas islámicas</strong> datadas entre los siglos XI y XII, utilizadas para envolver las reliquias de los Santos Zoilo, Félix y Agapio traídas de Córdoba. Las vistosas sargas –una roja, con águilas afrontadas con la cabeza vuelta y otra azul, con decoración de águilas explayadas– están expuestas en la sacristía del templo. Están realizadas en seda y son de carácter reversible.</p>
<p>San Zoilo estuvo sujeto al priorato de Cluny hasta 1430, momento en que fue elevado a la categoría de abadía. En 1532 fue anexionado a la congregación de San Benito de Valladolid, siguiendo los preceptos de la orden hasta 1836, cuando sufrió la Desamortización de Mendizábal.</p>
<p>En el siglo XVI fue construido su célebre <strong>claustro plateresco</strong>. Las obras comenzaron el 7 de marzo de 1537 en la galería inferior y finalizaron el 27 de marzo de 1604 en la superior. El claustro bajo está formado por cuatro galerías de cinco arcos apuntados, jalonados por contrafuertes y sustentados por 24 bóvedas de crucería esculpidas enteramente, al igual que las ménsulas sobre las que apoyan. Entre los artífices más destacados de esta joya artística están el entallador burgalés Miguel de Espinosa, el escultor zamorano Antonio Morante y los arquitectos Juan de Badajoz el Mozo, Pedro Castrillo y Juan de Celaya, quien concluyó el claustro bajo en 1577.</p>
<p>El ciclo iconográfico comienza en la panda oriental, donde hallamos la Puerta de las Procesiones que da acceso al templo, de tipo plateresco, similar a la que Badajoz realizó para la sacristía de la catedral de León. Junto a ella está la imagen de un Cristo atado a la columna de piedra caliza, de excelente calidad y cuya datación oscila entre 1535 y 1575. La primera bóveda, en el ángulo nororiental, está dedicada a la fundación del monasterio, con los benefactores del mismo, los condes Banu-Gómez y San Zoilo ubicado en la clave central.</p>
<p>Las obras del claustro alto, formado por cuatro pandas de diez arcos de medio punto convertidos en ventanales, fueron dirigidas por el arquitecto Pedro de Torres, con la colaboración de Juan de Bobadilla y Pedro Cicero como escultores. Entre los arcos hay doce medallones: cinco de la familia condal –doña Teresa, don Gómez Díaz, Diego, Fernando y Pelayo Gómez–, cuatro relativos a la advocación del cenobio –San Zoilo, San Félix, San Agapio y San Juan– y tres alusivos a la orden benedictina –San Benito, San Leandro y San Ildefonso–.</p>
<p>En 1633 comienza la renovación <strong>del templo</strong>, manteniendo parte de los muros y la torre románica. En 1642 los maestros de obras Melchor Ruiz, Tomás García y Francisco Ponce, siguiendo principios clasicistas, levantan la capilla mayor, el crucero y el tramo contiguo. En 1644, el vallisoletano Francisco Ruiz de la Cámara realiza las pinturas de la cúpula y pechinas, en las que representa diferentes santos vinculados al cenobio, que desaparecieron a mediados del siglo XX. En 1666 el maestro cántabro Diego Zorlado Rivero se puso al mando de los trabajos y levantó los dos tramos que faltaban de la iglesia.</p>
<p>Además de finalizar la iglesia, Zorlado edificó la <strong>fachada barroca</strong> que, situada junto a la torre románica, venía adjudicándose erróneamente a Felipe Berrojo. En la parte inferior, San Juan Bautista y el mártir benedictino San Félix se erigen en recuerdo de la antigua advocación del convento. Sobre cada uno de ellos aparece un escudo: el de la izquierda corresponde al monasterio de San Zoilo y el de la derecha es el símbolo de las abadías benedictinas. El mártir cordobés San Zoilo, ataviado a la moda romana, preside la hornacina principal sobre el acceso. En el cuerpo alto está San Benito sustentando la Regla Benedictina y el báculo. Las obras debieron estar ejecutada en 1668, así lo indica la inclusión de las armas de Portugal en el escudo de Carlos II que preside el segundo cuerpo, pues el reino luso se independizó de la Corona española dicho año.</p>
<p>Dentro de la iglesia destaca el <strong>retablo mayor</strong>, procedente de la iglesia de Santa María de Arbís de Baquerín, de donde se trajo hacia 1986, dada la ruina de aquel templo. Dividido en banco, dos grandes cuerpos en cinco calles y ático, esta obra fue realizada por un seguidor del escultor Gregorio Fernández.<br />
En la predela hay cuatro pinturas de las Virtudes Cardinales, entre las cuales se sitúa el sagrario, que contiene un relieve de Cristo Resucitado sobre el que está Santo Toribio de Liébana. No se conservan, por haber sido robadas, las esculturas de San Pedro, San Pablo, Santo Domingo, San Jerónimo y San Esteban, atribuidas a Tomás de Sierra. Este artista es también autor de los magníficos bultos de los cuatro Padres de la Iglesia Latina: San Gregorio Magno y San Ambrosio en el nivel inferior; además de San Jerónimo y San Agustín, en el segundo cuerpo. En el centro hay una Asunción que sigue el prototipo de Fernández, con los clásicos pliegues alatonados y la caída simétrica de la cabellera. En las calles laterales se ven cuatro relieves: Nacimiento de la Virgen, la Visitación, Adoración de los Reyes y Adoración de los Pastores. Remata la composición un Calvario atribuido a Antonio de Ribera.</p>
<p>Hacia el centro del templo hay dos retablos neoclásicos, también de finales del XVIII, que albergan dos imágenes: la de la mística alemana <strong>Santa Gertrudis</strong>, obra de notable calidad traída de Madrid en 1700; y el Santo Cristo Real, de finales del siglo XVI, que porta cabellera postiza y traduce un marcado patetismo.</p>
<p><strong>En el brazo sur del crucero, aunque originalmente ubicado en el coro, se halla el</strong> retablo de la Magdalena, cuyo ensamblaje fue realizado en el primer tercio del XVII. La escultura que lo preside es una copia de la Magdalena Penitente de Pedro de Mena, realizada en 1803 por la Academia vallisoletana. Durante el cuatrienio del abad don Jacinto Díez (1713-1717), se realizó la <strong>sillería coral</strong> de madera de nogal, articulada a través de columnillas salomónicas, así como el <strong>órgano barroco</strong>, encargado en 1716 al maestro organero vallisoletano Gregorio Roldán, ambos en el coro alto del templo.</p>
<p>A lo largo del siglo XIX, la plácida vida de los monjes se vio alterada por los asaltos y las desamortizaciones. Entre 1810 y 1814 las tropas francesas ocuparon el cenobio y de 1820 a 1823 se vieron obligados a abandonar de nuevo su morada, hasta que en 1835 llegó el golpe más duro para San Zoilo, al perder gran parte de sus bienes. En 1841 se salvó de la subasta pública y fue convertido en fábrica de harinas. Su pervivencia fue posible gracias a los padres de la Compañía de Jesús, quienes mantuvieron y reedificaron la casa conventual para adaptarla a los usos docentes. Tras unos años de desalojo, el conjunto, salvo la iglesia y el claustro, fue vendido a una empresa privada y convertido en hospedería en 1991.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/carrion-de-los-condes-arte-historia-y-tradiciones/">Para más información: Carrión de los Condes, arte, historia y tradiciones</a></p>
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		<title>La llegada del ferrocarril a Villalón de Campos</title>
		<link>https://aruz.es/la-llegada-del-ferrocarril-a-villalon-de-campos/228/</link>
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		<pubDate>Sun, 07 Apr 2013 18:35:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tierra de Campos]]></category>

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		<description><![CDATA[En 1912 fueron inauguradas las líneas de vía estrecha que unían la capital palentina con la población vallisoletana y Medina de Rioseco con Villada. CARLOS DUQUE HERRERO El ferrocarril se desarrollaría en España tardíamente, a partir de la Ley General de Ferrocarriles de 1855, y con una acusada carencia: su trazado radial desde Madrid. Para vertebrar amplias áreas vacías del territorio hubo que crear otras líneas, ferrocarriles de vía estrecha que permitiesen conectar las comarcas con esos ejes. Villalón se mostró, como otras localidades, muy interesado por los caminos de hierro quejándose, en ocasiones, de su alejada distancia de los mismos, y estando en todo momento ojo avizor por si pudiese lograr conexiones con las líneas ferroviarias principales, realizando en 1904 un largo alegato sobre las ventajas que tendría la llegada del ferrocarril a la localidad. Ese mismo año noticias extraoficiales confirman que la línea Rioseco-Villada pasaría por Villalón. La creación de los Ferrocarriles Secundarios de Castilla trataba de corregir las carencias que existían en materia de transportes, al tiempo que pretendía dar salida al trigo castellano hacia Cataluña a través de la línea Valladolid-Ariza. Estos ferrocarriles llegaron a tener hasta 229 kilómetros, divididos en diversas líneas. De todas ellas, Villalón participaba en la que le une con Palencia, de 45 kilómetros, inaugurada el 17 de julio de 1912, y la que conectaba con Rioseco, de 41 kilómetros, inaugurada el 28 de octubre de ese mismo año; ésta se prolongaba por el norte hasta Villada. Por lo que hace referencia a su ejecución, sabemos que a finales de 1910 se solicita la construcción de varias atarjeas y a principio de 1911 se permite sacar arena del arenal de la localidad, buena prueba de su inminente llegada. La explotación de la línea comenzó el 24 de junio de 1912. La localidad se volcó en la inauguración de la misma, proponiéndose colocar una lápida conmemorativa en la sala consistorial por la venida de S. M. el Rey con motivo de la inauguración del ferrocarril de Palencia a Villalón, hecho acaecido el 1 de julio de 1912. Recuerdo de aquella regia visita es un cuadro de Alfonso XIII, con dedicación personal incluida, que fue colocado en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Villalón de Campos. Desde 1971 se encuentra en Medina de Rioseco. El aproximadamente medio kilómetro de conexión entre la carretera y el ferrocarril se realiza en 1914. La importancia de tal obra se refleja en los siguientes términos: “El objeto de este camino es poner en comunicación con la estación de Villalón los distintos pueblos que han de acudir con su tráfico a esta estación… señalándose los de Villacid, Bustillo de Chaves, Herrín de Campos, Villanueva de la Condesa y algunos otros”. El Consistorio de Villalón, consciente de la importancia económica de la llegada del tren, reclama que la estación y almacenes sean mayores que lo inicialmente proyectado. El ferrocarril será esencialmente un medio de transporte de trigo y harina, como demuestra que en 1886, fecha en la que aún no había llegado a Villalón, el 78,3% del transporte se lo llevaron ambos productos, mostrando la especialización comercial que se estaba produciendo en Campos. La Estación y su barrio, que se crea junto a ella y que incluye la fábrica de La Providencia, es todo un síntoma de los nuevos tiempos. Lo mismo sucede con el suelo que el Consistorio cede en 1911 cerca de la Puerta de la Rúa para la construcción de casas baratas, premonición de las formas constructivas que medio siglo después se realizarán.  Para más información: ‘Villalón de Campos: historia y patrimonio artístico: del siglo XVII hasta nuestros días’, de Carlos Duque Herrero (2005)]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>En 1912 fueron inauguradas las líneas de vía estrecha que unían la capital palentina con la población vallisoletana y Medina de Rioseco con Villada.</strong></p>
<p><em>CARLOS DUQUE HERRERO</em></p>
<p>El ferrocarril se desarrollaría en España tardíamente, a partir de la Ley General de Ferrocarriles de 1855, y con una acusada carencia: su trazado radial desde Madrid. Para vertebrar amplias áreas vacías del territorio hubo que crear otras líneas, ferrocarriles de vía estrecha que permitiesen conectar las comarcas con esos ejes. Villalón se mostró, como otras localidades, muy interesado por los caminos de hierro quejándose, en ocasiones, de su alejada distancia de los mismos, y estando en todo momento ojo avizor por si pudiese lograr conexiones con las líneas ferroviarias principales, realizando en 1904 un largo alegato sobre las ventajas que tendría la llegada del ferrocarril a la localidad. Ese mismo año noticias extraoficiales confirman que la línea Rioseco-Villada pasaría por Villalón.</p>
<p>La creación de los Ferrocarriles Secundarios de Castilla trataba de corregir las carencias que existían en materia de transportes, al tiempo que pretendía dar salida al trigo castellano hacia Cataluña a través de la línea Valladolid-Ariza. Estos ferrocarriles llegaron a tener hasta 229 kilómetros, divididos en diversas líneas. De todas ellas, Villalón participaba en la que le une con Palencia, de 45 kilómetros, inaugurada el 17 de julio de 1912, y la que conectaba con Rioseco, de 41 kilómetros, inaugurada el 28 de octubre de ese mismo año; ésta se prolongaba por el norte hasta Villada.</p>
<p>Por lo que hace referencia a su ejecución, sabemos que a finales de 1910 se solicita la construcción de varias atarjeas y a principio de 1911 se permite sacar arena del arenal de la localidad, buena prueba de su inminente llegada. La explotación de la línea comenzó el 24 de junio de 1912. La localidad se volcó en la inauguración de la misma, proponiéndose colocar una lápida conmemorativa en la sala consistorial por la venida de S. M. el Rey con motivo de la inauguración del ferrocarril de Palencia a Villalón, hecho acaecido el 1 de julio de 1912. Recuerdo de aquella regia visita es un cuadro de Alfonso XIII, con dedicación personal incluida, que fue colocado en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Villalón de Campos. Desde 1971 se encuentra en Medina de Rioseco.</p>
<p>El aproximadamente medio kilómetro de conexión entre la carretera y el ferrocarril se realiza en 1914. La importancia de tal obra se refleja en los siguientes términos: <em>“El objeto de este camino es poner en comunicación con la estación de Villalón los distintos pueblos que han de acudir con su tráfico a esta estación… señalándose los de Villacid, Bustillo de Chaves, Herrín de Campos, Villanueva de la Condesa y algunos otros”</em>. El Consistorio de Villalón, consciente de la importancia económica de la llegada del tren, reclama que la estación y almacenes sean mayores que lo inicialmente proyectado. El ferrocarril será esencialmente un medio de transporte de trigo y harina, como demuestra que en 1886, fecha en la que aún no había llegado a Villalón, el 78,3% del transporte se lo llevaron ambos productos, mostrando la especialización comercial que se estaba produciendo en Campos.</p>
<p>La Estación y su barrio, que se crea junto a ella y que incluye la fábrica de La Providencia, es todo un síntoma de los nuevos tiempos. Lo mismo sucede con el suelo que el Consistorio cede en 1911 cerca de la Puerta de la Rúa para la construcción de casas baratas, premonición de las formas constructivas que medio siglo después se realizarán.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/villalon-de-campos-historia-y-patrimonio-artistico-del-siglo-xvii-hasta-nuestros-dias/"> <em><span style="text-decoration: underline;">Para más información: ‘Villalón de Campos: historia y patrimonio artístico: del siglo XVII hasta nuestros días’, de Carlos Duque Herrero (2005) </span></em></a></p>
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