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	<title>Aruz Ediciones &#187; Las Loras</title>
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	<description>La memoria de nuestras gentes. La historia de nuestra tierra</description>
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		<title>Peña Ulaña, un rincón fascinante en  el Geoparque de Las Loras</title>
		<link>https://aruz.es/pena-ulana-un-rincon-fascinante-en-el-geoparque-de-las-loras/499/</link>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2020 10:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Burgos]]></category>
		<category><![CDATA[geología]]></category>
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		<category><![CDATA[Naturaleza]]></category>

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		<description><![CDATA[La alargada lora de Peña Ulaña se alza, por encima de los 1.226 metros, entre las localidades burgalesas de Humada, San Martín y los Ordejones. La cima es una superficie plana, de cuatro kilómetros de largo por dos de ancho, que constituye una formidable atalaya desde la que se divisa un amplio territorio. JAVIER BASCONCILLOS Los restos arqueológicos se distribuyen por toda la planicie, pero alcanzan su mayor concentración en el extremo que se alza sobre el pueblo de Humada, donde se localizan los vestigios de un importante asentamiento celta. Es posible acceder hasta lo alto de la meseta meridional por un camino de tierra que parte de San Martín de Humada. Las evidencias arqueológicas abarcan una superficie de 586 hectáreas, de las que la mitad se encuentran sobre una plataforma un poco más elevada, dividida transversalmente por un muro de piedra y rodeada por un cinto que hace las veces de foso natural. Otra muralla bordea los cortados calizos del flanco norte, los más accesibles, mientras que el resto del perímetro está bien protegido por la propia altura de los farallones. En el borde oeste, frente a la localidad de Ordejón de Abajo, se levanta un gran bloque calizo, desgajado de la Peña Ulaña, conocido como Peña Castillo, que dispone en su inexpugnable cima de una plataforma de unos 150 metros de diámetro, rodeada de escarpes de más de 20 metros de altura y cuyo único acceso es el tajo que la separa de la lora y que completa el sistema defensivo. En el interior de los muros se han localizado 267 estructuras, con formas circulares y rectangulares, pertenecientes a distintas viviendas. Los materiales arqueológicos más antiguos han sido datados en la transición del Hierro I al II, aunque la mayor parte corresponden a la II Edad del Hierro, llegando hasta finales del siglo I a.C. El conjunto da lugar al castro de mayor extensión de la Península Ibérica y a uno de los más grandes de Europa. La extraordinaria panorámica que ofrece Peña Ulaña permite dibujar, en los días claros, el perfil de las montañas cantábricas, hacia el norte, y el de las estribaciones de la Cordillera Ibérica, hacia el sureste. Para más información: Las Loras. Memoria de la tierra]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La alargada lora de Peña Ulaña se alza, por encima de los 1.226 metros, entre las localidades burgalesas de Humada, San Martín y los Ordejones. La cima es una superficie plana, de cuatro kilómetros de largo por dos de ancho, que constituye una formidable atalaya desde la que se divisa un amplio territorio.</strong></p>
<p><em>JAVIER BASCONCILLOS</em></p>
<p>Los restos arqueológicos se distribuyen por toda la planicie, pero alcanzan su mayor concentración en el extremo que se alza sobre el pueblo de Humada, donde se localizan los vestigios de un importante asentamiento celta. Es posible acceder hasta lo alto de la meseta meridional por un camino de tierra que parte de San Martín de Humada.</p>
<p>Las evidencias arqueológicas abarcan una superficie de 586 hectáreas, de las que la mitad se encuentran sobre una plataforma un poco más elevada, dividida transversalmente por un muro de piedra y rodeada por un cinto que hace las veces de foso natural. Otra muralla bordea los cortados calizos del flanco norte, los más accesibles, mientras que el resto del perímetro está bien protegido por la propia altura de los farallones.</p>
<p>En el borde oeste, frente a la localidad de Ordejón de Abajo, se levanta un gran bloque calizo, desgajado de la Peña Ulaña, conocido como Peña Castillo, que dispone en su inexpugnable cima de una plataforma de unos 150 metros de diámetro, rodeada de escarpes de más de 20 metros de altura y cuyo único acceso es el tajo que la separa de la lora y que completa el sistema defensivo.</p>
<p>En el interior de los muros se han localizado 267 estructuras, con formas circulares y rectangulares, pertenecientes a distintas viviendas. Los materiales arqueológicos más antiguos han sido datados en la transición del Hierro I al II, aunque la mayor parte corresponden a la II Edad del Hierro, llegando hasta finales del siglo I a.C. El conjunto da lugar al castro de mayor extensión de la Península Ibérica y a uno de los más grandes de Europa.</p>
<p>La extraordinaria panorámica que ofrece Peña Ulaña permite dibujar, en los días claros, el perfil de las montañas cantábricas, hacia el norte, y el de las estribaciones de la Cordillera Ibérica, hacia el sureste.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/las-loras-memoria-de-la-tierra/">Para más información: Las Loras. Memoria de la tierra</a></p>
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		<title>Tras las huellas del lobo: el callejo del monte Ahedo</title>
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		<pubDate>Sat, 04 May 2019 09:38:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Las Loras]]></category>
		<category><![CDATA[Naturaleza]]></category>

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		<description><![CDATA[Las tradicionales ‘corridas’ a los lobos reunieron durante siglos a los vecinos de las estribaciones de La Lora y Valderredible en cacerías que desembocaban en una monumental trampa cinegética, cuyos restos aún pueden apreciarse en las proximidades del mirador de Valcabado. Las batidas, cuya organización quedaba regulada mediante unas ordenanzas, cubrían una extensión próxima a las 20.000 hectáreas y reunían a vecinos de decenas de localidades. EDUARDO VIELBA INFANTE La persecución del lobo fue una costumbre muy presente en la historia medieval española. Su primer ejemplo documentado, datado en el siglo XII, se expresaba en estos términos: “Todos los sábados, excepto en Pascua y Pentecostés, los presbíteros, caballeros y campesinos que estén libres de cualquier otra ocupación, persigan a los lobos hostigándolos y prepárenles trampas que el vulgo llama hoyos” (Historia Compostelana). Fruto de esta costumbre, buena parte de la geografía peninsular conserva aún los restos de monumentales trampas cinegéticas en piedra. Estas construcciones reciben los nombres foxos, cousos y lobeiras (Galicia y Portugal); chorcos (Asturias y León), calechos o calellos (Asturias); callejos (Castilla y León y Cantabria); cortellos (Zamora); u hoyos (Galicia y Castilla y León). Redactadas en 1695, las ordenanzas del callejo del monte Ahedo constituyen una de las mejores expresiones de la organización comunal en la lucha del campesinado contra los lobos. Son, además, un valioso testimonio para conocer con cierto grado de detalle el modo en que se efectuaba la caza de estos animales entre los siglos XVI y XVIII, así como los medios y recursos que aportaba cada concejo para el mantenimiento y reparación del hoyo y sus mangas. Emplazado en las estribaciones del páramo de La Lora, muy cerca del actual mirador de Valcabado y a escasa distancia de la localidad cántabra de Revelillas, el callejo de Ahedo es popularmente conocido por el sobrenombre de Pozo de los lobos, Lobera de Revelillas o Lobera de Respenda. Aunque la estructura del foso fue rehabilitada hace varios años, las paredes de las mangas se encuentran en mal estado de conservación y, en ellas, apenas son visibles algunos restos de piedra que permiten adivinar el trazado y el tamaño aproximado de las empalizadas. El muro inferior, de mayores dimensiones, tiene una longitud de 155 metros y se extiende en dirección norte hasta acercarse a las rocas calizas del páramo, que eran aprovechadas como cierre de la trampa. El superior, de extensión más corta, tiene una longitud aproximada de 135 metros. Desgraciadamente, tampoco se conserva ninguna de las cabañuelas que antaño estaban adosadas a las tapias ni otra cabañuela que, según algunos indicios, se situaba al inicio de los muros. El foso es el elemento más representativo del conjunto. De forma circular y con un diámetro cercano a los cinco metros, sus paredes se levantan sobre un doble tapial de piedra rematado con una barca, es decir, con una hilera de losas de piedra que sobresalen ligeramente hacia el exterior evitando así la filtración del agua entre las paredes. Al margen de sus dimensiones, la clave de su efectividad radicaba en su ubicación. El callejo se emplaza en un fuerte repecho que aprovecha la orografía del entorno, dispuesto sobre la parte más elevada de la pendiente y cubriendo, a sus lados, las umbrías de quejigo, haya y matorral que formaban el monte Ahedo. Pero el uso de este tipo de ingenios cinegéticos precisaba del concurso y la participación de un gran número de monteros. Su misión era batir los montes ordenadamente para confluir, a la hora convenida, en el pozo, dando muerte, mediante pedradas, horcas o chuzos, a los animales que en su huida hubieran caído al interior del foso. Las ordenanzas que hoy se conservan fueron halladas por Luis Haro entre los viejos documentos que custodiaba su abuelo y refrendan la importancia que las autoridades de Valderredible y los pueblos palentinos de La Lora otorgaban a la erradicación de los lobos, pero también el temor que despertaban los osos. Así lo acredita el texto que introduce las normas, donde se destaca que para “evitar riesgos y peligros” los hombres y mujeres de aquellas tierras habían dejado “de pasar de unos lugares a otros”, atemorizados por la posibilidad de encontrarse ante las fieras. Como en otros casos, los orígenes de este callejo se pierden en el tiempo, pero muy probablemente se remontan a finales de la Edad Media o inicios de la Edad Moderna, época de la que datan otras construcciones similares de Burgos, León, Asturias, Álava o Cantabria. De hecho, las propias ordenanzas reescritas en 1695 reconocen que las corridas al lobo se habían venido celebrando con anterioridad y que esas normas, revisadas y actualizadas sobre otras más antiguas, pretendían ordenar jurídicamente viejas prácticas, sometiéndolas a la aprobación de las justicias de la Merindad de Campoo y el Consejo Real. Las ordenanzas fijaban por escrito las obligaciones de cada concejo, las sanciones que debían imponerse a quienes osaran incumplirlas y los órganos encargados de impartir justicia llegado el caso. También la forma en que debían proceder los monteros. Uno de los aspectos centrales de este reglamento puntualizaba las atribuciones que asumía cada uno de los concejos, prestando especial atención a las tareas imprescindibles para la reparación del foso y de sus mangas. Como es lógico suponer, las mangas jugaban un papel esencial en el resultado final de las batidas. La anchura, el grosor, la impermeabilidad de los flancos y la ausencia de brechas en su entrelazado eran vitales para asegurar la efectividad de la lobera. Una de las mangas del callejo, la que se hallaba más cerca de Revelillas, debía ser reparada y conservada por los vecinos de los lugares más próximos a esa localidad (entre ellos los de Villamoñico, Revelillas, Villanueva, Cubillo de Ebro, Otero, Bárcena de Ebro, Rasgada, Navamuel, Coroneles, Moroso —hoy un despoblado—, San Cristóbal del Monte, Valdelomar y Cezura). A su cargo quedaba la labor de reformar las empalizadas y chiviteras cuando fuera necesario. Las chiviteras, conocidas también por el nombre de cabañuelas, jugaban un rol esencial en las batidas. Se trataba de pequeños refugios de piedra, con una boca abierta en dirección al foso, en los que aguardaban los cazadores. Toda vez que los lobos superaban las cabañuelas corriendo hacia el foso, sus ocupantes debían salir del interior y azuzar a los animales mediante palos, horcas o piedras para que estos no volvieran sobre sus pasos. Por su parte, las localidades más alejadas de la lobera, como el alfoz de Olleros de Paredes Rubias, prestaban un servicio de carácter auxiliar, facilitando la provisión de algunas estacas para las empalizadas, así como las leñas de espinos, avellano, haya o roble que pudieran cortarse en los terrenos comunales que compartían con Susilla. Estas estacas permitían fortalecer los muros, elevándolos a mayor altura y evitando que los lobos pudieran saltar sobre ellos. La otra manga, situada en dirección sur, estaba confeccionada por hileras superpuestas de piedras (al menos en alguno de sus tramos) y su cuidado concernía a los habitantes de las localidades palentinas de Revilla de Pomar, Helecha y Respenda. A ellos competía la función de cerrar con firmeza “todos los portillos” de la Peña de Haedo, “desde donde comienza la Hoya del Callejo —se destacaba— hasta el fin y acavamiento de dicho monte”. Finalmente, el arreglo y cuidado del foso quedaba en manos de los vecinos de Susilla, como reflejaba el artículo cuarto. Esta regular distribución de las funciones entre los concejos tenía por objeto evitar las quejas y las desagradables comparaciones entre los esfuerzos a los que hacían frente unas y otras poblaciones. Pero si un rasgo diferencia a estas ordenanzas de las normas que regulaban otros chorcos o loberas es precisamente el gran espacio de terreno que cubrían las corridas. Este aspecto estaba ligado a la propia geografía del valle de Valderredible, una depresión de unos 30 kilómetros de longitud (de oeste a este) marcada por el río Ebro y su afluente, el Mardancho, y delimitada al sur por el escalón natural que forman los páramos de La Lora y Bricia. Este condicionante físico exigía la presencia de un gran número de ojeadores, obligados a asistir bajo fuertes sanciones: “so pena de pagar dos reales cada persona que no acudiere y trescientos maravedís el concejo”. Las carreras o corridas al lobo tenían lugar entre los meses de septiembre y mayo, cuando “no hay tantas ocupaciones e los montes no tienen hoja por donde mejor se siguiera la caza de ella”. Otro aspecto muy especial del callejo es que, frente a otros pozos, su foso ocupa el lugar más elevado de la pendiente, un hecho poco habitual en la decena de callejos emplazados en las Merindades burgalesas, como los del Alto del Caballo (Espinosa de los Monteros) o la Barrenilla de Pérez (Valle de Losa), donde el foso ocupa el punto más bajo de la pendiente, algo que pretendía dificultar su identificación por el lobo. Para más información: De alimañas a especies protegidas. Osos, lobos y otros animales amenazados en las montañas de Palencia y Cantabria]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Las tradicionales ‘corridas’ a los lobos reunieron durante siglos a los vecinos de las estribaciones de La Lora y Valderredible en cacerías que desembocaban en una monumental trampa cinegética, cuyos restos aún pueden apreciarse en las proximidades del mirador de Valcabado. Las batidas, cuya organización quedaba regulada mediante unas ordenanzas, cubrían una extensión próxima a las 20.000 hectáreas y reunían a vecinos de decenas de localidades.</strong></p>
<p><em>EDUARDO VIELBA INFANTE</em></p>
<p>La persecución del lobo fue una costumbre muy presente en la historia medieval española. Su primer ejemplo documentado, datado en el siglo XII, se expresaba en estos términos: <em>“Todos los sábados, excepto en Pascua y Pentecostés, los presbíteros, caballeros y campesinos que estén libres de cualquier otra ocupación, persigan a los lobos hostigándolos y prepárenles trampas que el vulgo llama hoyos” (Historia Compostelana)</em>. Fruto de esta costumbre, buena parte de la geografía peninsular conserva aún los restos de monumentales trampas cinegéticas en piedra. Estas construcciones reciben los nombres <em>foxos, cousos</em> y <em>lobeiras</em> (Galicia y Portugal); <em>chorcos</em> (Asturias y León), <em>calechos</em> o <em>calellos</em> (Asturias); <em>callejos</em> (Castilla y León y Cantabria); <em>cortellos</em> (Zamora); u <em>hoyos</em> (Galicia y Castilla y León).</p>
<p>Redactadas en 1695, las ordenanzas del callejo del monte Ahedo constituyen una de las mejores expresiones de la organización comunal en la lucha del campesinado contra los lobos. Son, además, un valioso testimonio para conocer con cierto grado de detalle el modo en que se efectuaba la caza de estos animales entre los siglos XVI y XVIII, así como los medios y recursos que aportaba cada concejo para el mantenimiento y reparación del hoyo y sus mangas.</p>
<p>Emplazado en las estribaciones del páramo de La Lora, muy cerca del actual mirador de Valcabado y a escasa distancia de la localidad cántabra de Revelillas, el callejo de Ahedo es popularmente conocido por el sobrenombre de <em>Pozo de los lobos, Lobera de Revelillas</em> o <em>Lobera de Respenda</em>. Aunque la estructura del foso fue rehabilitada hace varios años, las paredes de las mangas se encuentran en mal estado de conservación y, en ellas, apenas son visibles algunos restos de piedra que permiten adivinar el trazado y el tamaño aproximado de las empalizadas. El muro inferior, de mayores dimensiones, tiene una longitud de 155 metros y se extiende en dirección norte hasta acercarse a las rocas calizas del páramo, que eran aprovechadas como cierre de la trampa. El superior, de extensión más corta, tiene una longitud aproximada de 135 metros. Desgraciadamente, tampoco se conserva ninguna de las cabañuelas que antaño estaban adosadas a las tapias ni otra cabañuela que, según algunos indicios, se situaba al inicio de los muros.</p>
<p>El foso es el elemento más representativo del conjunto. De forma circular y con un diámetro cercano a los cinco metros, sus paredes se levantan sobre un doble tapial de piedra rematado con una <em>barca</em>, es decir, con una hilera de losas de piedra que sobresalen ligeramente hacia el exterior evitando así la filtración del agua entre las paredes.</p>
<p>Al margen de sus dimensiones, la clave de su efectividad radicaba en su ubicación. El callejo se emplaza en un fuerte repecho que aprovecha la orografía del entorno, dispuesto sobre la parte más elevada de la pendiente y cubriendo, a sus lados, las umbrías de quejigo, haya y matorral que formaban el monte Ahedo. Pero el uso de este tipo de ingenios cinegéticos precisaba del concurso y la participación de un gran número de monteros. Su misión era batir los montes ordenadamente para confluir, a la hora convenida, en el pozo, dando muerte, mediante pedradas, horcas o chuzos, a los animales que en su huida hubieran caído al interior del foso.</p>
<p>Las ordenanzas que hoy se conservan fueron halladas por Luis Haro entre los viejos documentos que custodiaba su abuelo y refrendan la importancia que las autoridades de Valderredible y los pueblos palentinos de La Lora otorgaban a la erradicación de los lobos, pero también el temor que despertaban los osos.</p>
<p>Así lo acredita el texto que introduce las normas, donde se destaca que para <em>“evitar riesgos y peligros”</em> los hombres y mujeres de aquellas tierras habían dejado <em>“de pasar de unos lugares a otros”</em>, atemorizados por la posibilidad de encontrarse ante las fieras. Como en otros casos, los orígenes de este callejo se pierden en el tiempo, pero muy probablemente se remontan a finales de la Edad Media o inicios de la Edad Moderna, época de la que datan otras construcciones similares de Burgos, León, Asturias, Álava o Cantabria. De hecho, las propias ordenanzas reescritas en 1695 reconocen que las <em>corridas al lobo</em> se habían venido celebrando con anterioridad y que esas normas, revisadas y actualizadas sobre otras más antiguas, pretendían ordenar jurídicamente viejas prácticas, sometiéndolas a la aprobación de las justicias de la Merindad de Campoo y el Consejo Real.</p>
<p>Las ordenanzas fijaban por escrito las obligaciones de cada concejo, las sanciones que debían imponerse a quienes osaran incumplirlas y los órganos encargados de impartir justicia llegado el caso. También la forma en que debían proceder los monteros. Uno de los aspectos centrales de este reglamento puntualizaba las atribuciones que asumía cada uno de los concejos, prestando especial atención a las tareas imprescindibles para la reparación del foso y de sus mangas. Como es lógico suponer, las mangas jugaban un papel esencial en el resultado final de las batidas. La anchura, el grosor, la impermeabilidad de los flancos y la ausencia de brechas en su entrelazado eran vitales para asegurar la efectividad de la lobera.</p>
<p>Una de las mangas del callejo, la que se hallaba más cerca de Revelillas, debía ser reparada y conservada por los vecinos de los lugares más próximos a esa localidad (entre ellos los de Villamoñico, Revelillas, Villanueva, Cubillo de Ebro, Otero, Bárcena de Ebro, Rasgada, Navamuel, Coroneles, Moroso —hoy un despoblado—, San Cristóbal del Monte, Valdelomar y Cezura). A su cargo quedaba la labor de reformar las empalizadas y chiviteras cuando fuera necesario. Las chiviteras, conocidas también por el nombre de cabañuelas, jugaban un rol esencial en las batidas. Se trataba de pequeños refugios de piedra, con una boca abierta en dirección al foso, en los que aguardaban los cazadores. Toda vez que los lobos superaban las cabañuelas corriendo hacia el foso, sus ocupantes debían salir del interior y azuzar a los animales mediante palos, horcas o piedras para que estos no volvieran sobre sus pasos.</p>
<p>Por su parte, las localidades más alejadas de la lobera, como el alfoz de Olleros de Paredes Rubias, prestaban un servicio de carácter auxiliar, facilitando la provisión de algunas estacas para las empalizadas, así como las leñas de espinos, avellano, haya o roble que pudieran cortarse en los terrenos comunales que compartían con Susilla. Estas estacas permitían fortalecer los muros, elevándolos a mayor altura y evitando que los lobos pudieran saltar sobre ellos.</p>
<p>La otra manga, situada en dirección sur, estaba confeccionada por hileras superpuestas de piedras (al menos en alguno de sus tramos) y su cuidado concernía a los habitantes de las localidades palentinas de Revilla de Pomar, Helecha y Respenda. A ellos competía la función de cerrar con firmeza <em>“todos los portillos”</em> de la Peña de Haedo, <em>“desde donde comienza la Hoya del Callejo</em> —se destacaba— <em>hasta el fin y acavamiento de dicho monte”</em>. Finalmente, el arreglo y cuidado del foso quedaba en manos de los vecinos de Susilla, como reflejaba el artículo cuarto. Esta regular distribución de las funciones entre los concejos tenía por objeto evitar las quejas y las desagradables comparaciones entre los esfuerzos a los que hacían frente unas y otras poblaciones.</p>
<p>Pero si un rasgo diferencia a estas ordenanzas de las normas que regulaban otros chorcos o loberas es precisamente el gran espacio de terreno que cubrían las <em>corridas</em>. Este aspecto estaba ligado a la propia geografía del valle de Valderredible, una depresión de unos 30 kilómetros de longitud (de oeste a este) marcada por el río Ebro y su afluente, el Mardancho, y delimitada al sur por el escalón natural que forman los páramos de La Lora y Bricia. Este condicionante físico exigía la presencia de un gran número de <em>ojeadores</em>, obligados a asistir bajo fuertes sanciones: <em>“so pena de pagar dos reales cada persona que no acudiere y trescientos maravedís el concejo”</em>. Las <em>carreras</em> o <em>corridas al lobo</em> tenían lugar entre los meses de septiembre y mayo, cuando <em>“no hay tantas ocupaciones e los montes no tienen hoja por donde mejor se siguiera la caza de ella”</em>. Otro aspecto muy especial del callejo es que, frente a otros pozos, su foso ocupa el lugar más elevado de la pendiente, un hecho poco habitual en la decena de callejos emplazados en las Merindades burgalesas, como los del Alto del Caballo (Espinosa de los Monteros) o la Barrenilla de Pérez (Valle de Losa), donde el foso ocupa el punto más bajo de la pendiente, algo que pretendía dificultar su identificación por el lobo.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/de-alimanas-a-especies-protegidas/">Para más información: De alimañas a especies protegidas. Osos, lobos y otros animales amenazados en las montañas de Palencia y Cantabria</a></p>
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		<title>El oppidum de Monte Bernorio</title>
		<link>https://aruz.es/el-oppidum-de-monte-bernorio/383/</link>
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		<pubDate>Sun, 26 Mar 2017 09:14:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
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		<category><![CDATA[Las Loras]]></category>

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		<description><![CDATA[El oppidum de Monte Bernorio es uno de los yacimientos de la Edad del Hierro más importantes del norte de la Península Ibérica. Este núcleo estuvo habitado unos nueve siglos, desde el final de la Edad del Bronce hasta el final de la Edad del Hierro. Fue atacado, conquistado y destruido por el emperador Augusto en las campañas de los romanos contra cántabros y astures. JESÚS F. TORRES, ANTXOKA MARTÍNEZ Y MARIANO LUIS SERNA El oppidum de Monte Bernorio está situado en las inmediaciones del pueblo de Villarén, en el sector oriental de la Montaña Palentina. Oppidum es una palabra latina que significa “fortificación, plaza fuerte o ciudad fortificada”. Este núcleo ocupaba la parte superior de la montaña del mismo nombre, una plataforma plana de caliza de grandes dimensiones con forma arriñonada. Desde lo alto de este emplazamiento se controla una importante intersección de vías de comunicación naturales que unen ambas vertientes de la Cordillera Cantábrica por su lado central. En sus inmediaciones discurre otra importante vía de comunicación natural que permite recorrer el piedemonte cantábrico en el eje este-oeste por su fachada meridional. También se sitúa en una posición estratégica ventajosa para acceder a las cabeceras de las cuencas de los ríos Ebro y Pisuerga. Esta privilegiada situación geográficas ha convertido la montaña del Bernorio en núcleo de referencia para los grupos humanos a lo largo de la Historia. Hay materiales que indican la existencia de ocupaciones de época neolítica (6000-3000 a.C.) en las proximidades del Bernorio, pero no se han localizado todavía poblados de este momento. Las primeras ocupaciones constatadas son de época calcolítica (3000-2000 a.C.) y se sitúan en distintos sectores de sus laderas. Sabemos que en las inmediaciones de la cima había en este momento al menos un poblado y su necrópolis, así como otros posibles asentamientos menores. El primer establecimiento permanente en la cima del monte (a partir de los materiales arqueológicos) comenzaría al final de la Edad del Bronce (900-800 a.C. aprox.). Se han localizado materiales de esta época en dos de las tres zonas excavadas. Esto podría indicar que en este momento ya existía una ocupación muy extensa, o tal vez se trataba de una ocupación discontinua, como una serie de aldeas dispersas, en distintas áreas de la cima del Bernorio. Sea como fuere, a partir del siglo VIII a.C., aproximadamente, este núcleo creció hasta adquirir enormes proporciones y se transformó en un referente geográfico y territorial. Al final de la Edad del Hierro (siglos III-I a.C.) el oppidum de Monte Bernorio era una verdadera ciudad fortificada, protegida con un potente sistema defensivo. Su ubicación, en una encrucijada de estratégicas vías de comunicación, determina su crecimiento y su importancia política dentro del entorno de las culturas agro-ganaderas y guerreras que conocemos en el ámbito céltico de Europa occidental. La conquista de esta zona de la Península Ibérica por Roma determinó el final de este oppidum. Las evidencias arqueológicas indican que fue atacado y destruido por fuerzas romanas en la ofensiva que dirigió Augusto contra la zona meridional del territorio de los cántabros. Pero después de su destrucción su valor estratégico hizo que fuera ocupado de nuevo, esta vez por un fuerte romano del tipo denominado genéricamente castellum. Este establecimiento militar, de tamaño más pequeño que el núcleo indígena, sirvió para controlar los pasos naturales y su montañoso territorio durante al menos varias décadas. Para más información: Colección de Historia Montaña Palentina, número 7]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El oppidum de Monte Bernorio es uno de los yacimientos de la Edad del Hierro más importantes del norte de la Península Ibérica. Este núcleo estuvo habitado unos nueve siglos, desde el final de la Edad del Bronce hasta el final de la Edad del Hierro. Fue atacado, conquistado y destruido por el emperador Augusto en las campañas de los romanos contra cántabros y astures.</strong></p>
<p><em>JESÚS F. TORRES, ANTXOKA MARTÍNEZ Y MARIANO LUIS SERNA</em></p>
<p>El oppidum de Monte Bernorio está situado en las inmediaciones del pueblo de Villarén, en el sector oriental de la Montaña Palentina. Oppidum es una palabra latina que significa “fortificación, plaza fuerte o ciudad fortificada”. Este núcleo ocupaba la parte superior de la montaña del mismo nombre, una plataforma plana de caliza de grandes dimensiones con forma arriñonada. Desde lo alto de este emplazamiento se controla una importante intersección de vías de comunicación naturales que unen ambas vertientes de la Cordillera Cantábrica por su lado central. En sus inmediaciones discurre otra importante vía de comunicación natural que permite recorrer el piedemonte cantábrico en el eje este-oeste por su fachada meridional. También se sitúa en una posición estratégica ventajosa para acceder a las cabeceras de las cuencas de los ríos Ebro y Pisuerga.</p>
<p>Esta privilegiada situación geográficas ha convertido la montaña del Bernorio en núcleo de referencia para los grupos humanos a lo largo de la Historia. Hay materiales que indican la existencia de ocupaciones de época neolítica (6000-3000 a.C.) en las proximidades del Bernorio, pero no se han localizado todavía poblados de este momento. Las primeras ocupaciones constatadas son de época calcolítica (3000-2000 a.C.) y se sitúan en distintos sectores de sus laderas. Sabemos que en las inmediaciones de la cima había en este momento al menos un poblado y su necrópolis, así como otros posibles asentamientos menores. El primer establecimiento permanente en la cima del monte (a partir de los materiales arqueológicos) comenzaría al final de la Edad del Bronce (900-800 a.C. aprox.). Se han localizado materiales de esta época en dos de las tres zonas excavadas. Esto podría indicar que en este momento ya existía una ocupación muy extensa, o tal vez se trataba de una ocupación discontinua, como una serie de aldeas dispersas, en distintas áreas de la cima del Bernorio. Sea como fuere, a partir del siglo VIII a.C., aproximadamente, este núcleo creció hasta adquirir enormes proporciones y se transformó en un referente geográfico y territorial.</p>
<p>Al final de la Edad del Hierro (siglos III-I a.C.) el oppidum de Monte Bernorio era una verdadera ciudad fortificada, protegida con un potente sistema defensivo. Su ubicación, en una encrucijada de estratégicas vías de comunicación, determina su crecimiento y su importancia política dentro del entorno de las culturas agro-ganaderas y guerreras que conocemos en el ámbito céltico de Europa occidental.</p>
<p>La conquista de esta zona de la Península Ibérica por Roma determinó el final de este oppidum. Las evidencias arqueológicas indican que fue atacado y destruido por fuerzas romanas en la ofensiva que dirigió Augusto contra la zona meridional del territorio de los cántabros. Pero después de su destrucción su valor estratégico hizo que fuera ocupado de nuevo, esta vez por un fuerte romano del tipo denominado genéricamente castellum. Este establecimiento militar, de tamaño más pequeño que el núcleo indígena, sirvió para controlar los pasos naturales y su montañoso territorio durante al menos varias décadas.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/coleccion-historia-de-la-montana-palentina-numero-7/">Para más información: Colección de Historia Montaña Palentina, número 7</a></p>
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