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	<title>Aruz Ediciones</title>
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	<description>La memoria de nuestras gentes. La historia de nuestra tierra</description>
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		<title>La Fábrica de Armas de Palencia</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 13:19:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La Fábrica de Armas, construida como cuartel militar entre 1922 y 1926, fue transformada en factoría para la construcción de armamento durante la Guerra Civil. JAVIER DE LA CRUZ MACHO La actual Fábrica de Armas fue diseñada como cuartel militar Alfonso VIII por los comandantes José Díaz y Jerónimo Robredo. Se extendía por un área de 100.000 metros cuadrados, con un perímetro de 1.200 metros y contaba con 16 pabellones. Tres de ellos albergaban los dormitorios de la tropa, cada uno con capacidad para 1.200 hombres, otros siete las cuadras y los seis restantes dependencias diversas: cuerpo de guardia, oficinas, cocinas, habitaciones de oficiales, etc. A la vez, fueron creados amplios patios interiores para la formación de la tropa y sus ejercicios. Las obras le fueron adjudicadas al constructor local Eugenio Palomino por un valor de 4,5 millones de pesetas, bajo la dirección del ingeniero militar Rafael Sabio. Iniciadas en 1922, tenían un plazo de ejecución de cuatro años. Su puesta en marcha supuso un alivio para muchos obreros de la ciudad, que encontraron trabajo en la construcción, y también para las empresas palentinas, ya que, a juzgar por las crónicas de la época, la mayoría del material preciso fue adquirido en la provincia. Las obras concluyeron en 1926, en el plazo previsto. No hubo ninguna ceremonia ni acto oficial de inauguración ya que, una vez terminadas, las tropas se trasladaron de inmediato al nuevo cuartel. Su apertura supuso el cierre de los otros dos cuarteles, que quedaron vacíos y sin uso: el de Alfonso XII, convertido en escuelas en 1930 con el nombre de Alonso Berruguete, y el de San Fernando, donde en 1950 se situó el actual grupo escolar Blas Sierra. El nuevo cuartel de Alfonso VIII fue uno de los mejores de España en aquel momento. La amplitud y el diseño de sus instalaciones resultaban muy apropiados para el ejercicio militar. La calidad de las instalaciones hizo que allí se realizasen juras de bandera, la celebración del vigésimo quinto aniversario del reinado de Alfonso XIII o el sorteo de reclutas, pero también concursos de hípica e incluso la Fiesta del Libro Español. Su construcción supuso además un factor de atracción y desarrollo de esa zona, convirtiéndose en un nuevo espacio de poblamiento. La edificación de casas no se hizo esperar y surgió un nuevo barrio que, popularmente, fue llamado barrio del cuartel. La Guerra Civil fue la responsable de la conversión del cuartel en fábrica de armas. La histórica fábrica de armas de Toledo, que tradicionalmente había fabricado sables y espadas, venía elaborando desde hacía años cartuchería para pistolas y fusiles. Con el inicio de la contienda, esa fábrica quedó bajo control del ejército golpista de Franco, pero dada su cercanía a Madrid sufría constantes ataques, en un intento por parte del legítimo Gobierno republicano de recuperar el control de una producción tan estratégica en tiempos de guerra. Esa situación hizo que las autoridades golpistas decidiesen abrir una sucursal de la fábrica en Palencia. Desconocemos la fecha concreta, pero sabemos que en julio de 1937 ya se producían cartuchos en la ciudad en los antiguos Talleres Palencia, bajo la denominación de Fábrica Nacional Toledo-Palencia. Ese mismo año se celebró por primera vez la festividad de Santa Bárbara, organizada por la Fábrica de Armas, en la iglesia de San Miguel. La fábrica duró poco tiempo en los Talleres Palencia, pues en 1938 la producción se trasladó al cuartel del Carrión, iniciándose una serie de obras que duraron dos años para acomodar el complejo a su nueva función fabril. En enero de 1940 la fábrica de Palencia se independizó de la de Toledo y comenzó su propia andadura. A partir de ese momento empieza una etapa de crecimiento con la creación de la Escuela de Formación Profesional Obrera de la Industria Miliar, donde los futuros trabajadores eran formados como aprendices. En la primera convocatoria se ofertaron 25 plazas para personas de entre 14 y 16 años. Poco después se construiría un economato, piscina, cine-teatro, parque infantil e incluso una escuela propia, además de viviendas para los obreros, estas últimas fuera del recinto industrial. Representaba uno de los modelos de industrialización franquista, el del paternalismo industrial, con base en el socialismo utópico y en la doctrina social cristiana, pero desarrollado y amplificado por el fascismo europeo. El objetivo era mejorar las condiciones de vida del obrero, pero no como fin en sí mismo, sino como medio de conseguir la paz social, invirtiendo además en la generación de nuevos obreros formados mediante las escuelas. Sin embargo, este modelo empezaría a desaparecer a partir de 1959 y la puesta en marcha de los llamados planes de estabilización, tendentes a modernizar España, contener su inflación e integrar al país en la economía mundial. Ese mismo año, 1959, se ordenaba por ley al Instituto Nacional de Industria la creación de una sociedad anónima que aglutinase a las fábricas de armas, entre ellas la palentina. En 1960 se regularon las relaciones entre las empresas afectadas y la nueva empresa constituida por el INI. Finalmente, el 22 de junio de 1960 se creó oficialmente la Empresa Nacional Santa Bárbara de Industrias Militares Sociedad Anónima, que se hizo cargo de la empresa palentina en 1961. Durante los años 60 y 70 la Fábrica de Armas vivió su etapa dorada, llegando a tener casi mil trabajadores. Para más información: Palencia. Momentos, personajes y lugares para la historia (vol. 2)]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La Fábrica de Armas, construida como cuartel militar entre 1922 y 1926, fue transformada en factoría para la construcción de armamento durante la Guerra Civil.</strong></p>
<p><em>JAVIER DE LA CRUZ MACHO</em></p>
<p>La actual Fábrica de Armas fue diseñada como cuartel militar Alfonso VIII por los comandantes José Díaz y Jerónimo Robredo. Se extendía por un área de 100.000 metros cuadrados, con un perímetro de 1.200 metros y contaba con 16 pabellones. Tres de ellos albergaban los dormitorios de la tropa, cada uno con capacidad para 1.200 hombres, otros siete las cuadras y los seis restantes dependencias diversas: cuerpo de guardia, oficinas, cocinas, habitaciones de oficiales, etc. A la vez, fueron creados amplios patios interiores para la formación de la tropa y sus ejercicios.</p>
<p>Las obras le fueron adjudicadas al constructor local Eugenio Palomino por un valor de 4,5 millones de pesetas, bajo la dirección del ingeniero militar Rafael Sabio. Iniciadas en 1922, tenían un plazo de ejecución de cuatro años. Su puesta en marcha supuso un alivio para muchos obreros de la ciudad, que encontraron trabajo en la construcción, y también para las empresas palentinas, ya que, a juzgar por las crónicas de la época, la mayoría del material preciso fue adquirido en la provincia.</p>
<p>Las obras concluyeron en 1926, en el plazo previsto. No hubo ninguna ceremonia ni acto oficial de inauguración ya que, una vez terminadas, las tropas se trasladaron de inmediato al nuevo cuartel. Su apertura supuso el cierre de los otros dos cuarteles, que quedaron vacíos y sin uso: el de Alfonso XII, convertido en escuelas en 1930 con el nombre de Alonso Berruguete, y el de San Fernando, donde en 1950 se situó el actual grupo escolar Blas Sierra.</p>
<p>El nuevo cuartel de Alfonso VIII fue uno de los mejores de España en aquel momento. La amplitud y el diseño de sus instalaciones resultaban muy apropiados para el ejercicio militar. La calidad de las instalaciones hizo que allí se realizasen juras de bandera, la celebración del vigésimo quinto aniversario del reinado de Alfonso XIII o el sorteo de reclutas, pero también concursos de hípica e incluso la Fiesta del Libro Español. Su construcción supuso además un factor de atracción y desarrollo de esa zona, convirtiéndose en un nuevo espacio de poblamiento. La edificación de casas no se hizo esperar y surgió un nuevo barrio que, popularmente, fue llamado barrio del cuartel.</p>
<p>La Guerra Civil fue la responsable de la conversión del cuartel en fábrica de armas. La histórica fábrica de armas de Toledo, que tradicionalmente había fabricado sables y espadas, venía elaborando desde hacía años cartuchería para pistolas y fusiles. Con el inicio de la contienda, esa fábrica quedó bajo control del ejército golpista de Franco, pero dada su cercanía a Madrid sufría constantes ataques, en un intento por parte del legítimo Gobierno republicano de recuperar el control de una producción tan estratégica en tiempos de guerra. Esa situación hizo que las autoridades golpistas decidiesen abrir una sucursal de la fábrica en Palencia. Desconocemos la fecha concreta, pero sabemos que en julio de 1937 ya se producían cartuchos en la ciudad en los antiguos Talleres Palencia, bajo la denominación de Fábrica Nacional Toledo-Palencia. Ese mismo año se celebró por primera vez la festividad de Santa Bárbara, organizada por la Fábrica de Armas, en la iglesia de San Miguel.</p>
<p>La fábrica duró poco tiempo en los Talleres Palencia, pues en 1938 la producción se trasladó al cuartel del Carrión, iniciándose una serie de obras que duraron dos años para acomodar el complejo a su nueva función fabril. En enero de 1940 la fábrica de Palencia se independizó de la de Toledo y comenzó su propia andadura. A partir de ese momento empieza una etapa de crecimiento con la creación de la Escuela de Formación Profesional Obrera de la Industria Miliar, donde los futuros trabajadores eran formados como aprendices. En la primera convocatoria se ofertaron 25 plazas para personas de entre 14 y 16 años. Poco después se construiría un economato, piscina, cine-teatro, parque infantil e incluso una escuela propia, además de viviendas para los obreros, estas últimas fuera del recinto industrial. Representaba uno de los modelos de industrialización franquista, el del paternalismo industrial, con base en el socialismo utópico y en la doctrina social cristiana, pero desarrollado y amplificado por el fascismo europeo. El objetivo era mejorar las condiciones de vida del obrero, pero no como fin en sí mismo, sino como medio de conseguir la paz social, invirtiendo además en la generación de nuevos obreros formados mediante las escuelas.</p>
<p>Sin embargo, este modelo empezaría a desaparecer a partir de 1959 y la puesta en marcha de los llamados planes de estabilización, tendentes a modernizar España, contener su inflación e integrar al país en la economía mundial. Ese mismo año, 1959, se ordenaba por ley al Instituto Nacional de Industria la creación de una sociedad anónima que aglutinase a las fábricas de armas, entre ellas la palentina.</p>
<p>En 1960 se regularon las relaciones entre las empresas afectadas y la nueva empresa constituida por el INI. Finalmente, el 22 de junio de 1960 se creó oficialmente la Empresa Nacional Santa Bárbara de Industrias Militares Sociedad Anónima, que se hizo cargo de la empresa palentina en 1961. Durante los años 60 y 70 la Fábrica de Armas vivió su etapa dorada, llegando a tener casi mil trabajadores.</p>
<p><a href="https://aruz.es/portfolio/palencia-momentos-personajes-y-lugares-para-la-historia-2/" target="_blank">Para más información: Palencia. Momentos, personajes y lugares para la historia (vol. 2)</a></p>
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		<title>Los antiguos ferrocarriles de vía estrecha de Tierra de Campos, Torozos y Vega del Esla</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 13:16:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Durante décadas, los Ferrocarriles Secundarios de Castilla, conocidos popularmente como tren burra, recorrieron la meseta cerealista transportando el fruto de las cosechas y propiciando el encuentro de gentes de numerosas localidades. IGNACIO MARTÍN VERONA Dejando a un lado los quiméricos proyectos que fueron descartados por su inviabilidad, en Tierra de Campos se construyeron cuatro líneas de los denominados ferrocarriles estratégicos de vía estrecha. La primera de ellas, inaugurada el 13 de septiembre de 1884 y promovida por la Compañía del Ferrocarril Económico, unió las localidades de Valladolid y Medina de Rioseco. Más tarde entraron en funcionamiento las líneas entre Palencia y Villalón (1 de julio de 1912), la de Medina de Rioseco a Villada (28 de octubre de 1912) y la de Medina de Rioseco a Palanquinos (30 de abril de 1915). Las tres últimas fueron explotadas en un primer momento por la Compañía de los Ferrocarriles de Castilla, filial de la Sociedad Española de Ferrocarriles Secundarios, empresa creada en 1909 y con su sede principal en Francia. Las dos sociedades serían fusionadas en 1934 y darían lugar a la Compañía de los Ferrocarriles de Castilla y Española de Ferrocarriles Secundarios, entidad que sería popularmente conocida como Secundarios de Castilla. En total, las cuatro líneas sumaban una longitud de 226 kilómetros, un recorrido jalonado por 32 estaciones de primera, segunda y tercera categoría, a las que había que añadir tres apeaderos. En cuanto al número de empleados, el conjunto de instalaciones ferroviarias sumaba unos 400 trabajadores. Al margen de periodos puntuales de cierta bonanza económica vinculados a buenas cosechas o al descenso del precio del carbón –lo que significaba abaratar los costes de explotación–, los resultados económicos de las cuatro líneas se quedaron muy lejos de las expectativas con las que iniciaron su actividad las empresas concesionarias. Unas empresas que, por otro lado, tampoco realizaron las inversiones que hubieran sido necesarias para lograr un adecuado mantenimiento y modernización del servicio. Esa precaria situación hizo que el Estado tuviera que asumir en 1930 la titularidad de línea Valladolid-Medina de Rioseco, que poco después pasaría a ser gestionada, como las otras, por la compañía de Secundarios de Castilla. Algunas décadas más tarde, el 16 de marzo de 1965, tras un progresivo declive determinado en gran parte por la creciente competencia del transporte por carretera, la gestión del Secundario pasó a manos del Estado, siendo integrado en la compañía pública Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha (FEVE), recién creada. En esos momentos, a pesar de la paulatina reducción de personal, los trenes todavía daban empleo a 287 trabajadores. El cambio de titular tuvo lugar en un momento en el que el Gobierno había anunciado el Plan de Tierra de Campos, un ambicioso programa de inversiones que pretendía la resurrección de la comarca. Esa circunstancia, unida al nacimiento de un tardío movimiento de reivindicación del tren al margen de criterios exclusivamente económicos, produjo un breve espejismo de futuro. Sin embargo, todas aquellas expectativas se vieron defraudadas y al fin, tras un triste proceso de deterioro y abandono, con muchas de sus antiguas estaciones convertidas en simples apeaderos, el trenín de Tierra de Campos dejó de circular el 11 de julio de 1969. A partir de ese momento comenzó el desmantelamiento de las estructuras ferroviarias y un acelerado proceso de abandono en el que no faltaron los episodios de rapiña. Los Secundarios nunca fueron trenes muy rápidos ni excesivamente rentables en estrictos términos financieros. Seguramente, su realización fue producto de una época inspirada en las promesas quiméricas del progreso maquinista y en el afán especulador del naciente capitalismo. Pero, a pesar de todo eso, sirvió para que los hombres de Tierra de Campos alumbrasen una nueva esperanza de prosperidad. Por desgracia, el tiempo se encargó de demostrar que aquellas esperanzas nunca se verían colmadas y, aunque nuestro humilde trenecillo cumplió variados servicios de apreciable importancia, comunicando con regularidad a las gentes de los pueblos, las implacables razones de la economía se impusieron a otros criterios más intangibles, casi podríamos decir que románticos, como son los del servicio público. El cierre del ferrocarril fue un duro golpe para los pueblos acostumbrados a su diario trajinar. Pronto se pudo comprobar que cerrar una estación significaba limitar las posibilidades de supervivencia de muchas localidades y comarcas, siguiendo a la desaparición del tren la clausura de numerosas industrias y negocios. Llegaba a su fin la década de los años sesenta y cobraba su máxima intensidad un proceso de despoblación que ha resultado imparable hasta el día de hoy. Como ya se ha comentado, tras perder su anterior cometido las vías del tren fueron arrancadas con sorprendente celeridad y muchas de las estaciones y de las instalaciones ferroviarios comenzaron a desmoronarse. A pesar de ello, hoy todavía quedan algunos de aquellos edificios en pie, héroes de ladrillo que desafían la incuria de los tiempos y el desprecio de quienes ignoran lo que los trenes a vapor significaron para las gentes de esta tierra. De cuánta alegría, cuánto hambre, cuánto esfuerzo común y cuántos sueños fueron testigos los vagones de madera y las locomotoras de carbón de nuestros Secundarios de Castilla. Para más información: Secundarios de Castilla. Historia, recuerdos y vestigios de los ferrocarriles de vía estrecha de Tierra de Campos, Torozos y Vega del Esla.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Durante décadas, los Ferrocarriles Secundarios de Castilla, conocidos popularmente como tren burra, recorrieron la meseta cerealista transportando el fruto de las cosechas y propiciando el encuentro de gentes de numerosas localidades.</strong></p>
<p><em>IGNACIO MARTÍN VERONA</em></p>
<p>Dejando a un lado los quiméricos proyectos que fueron descartados por su inviabilidad, en Tierra de Campos se construyeron cuatro líneas de los denominados ferrocarriles estratégicos de vía estrecha. La primera de ellas, inaugurada el 13 de septiembre de 1884 y promovida por la Compañía del Ferrocarril Económico, unió las localidades de Valladolid y Medina de Rioseco. Más tarde entraron en funcionamiento las líneas entre Palencia y Villalón (1 de julio de 1912), la de Medina de Rioseco a Villada (28 de octubre de 1912) y la de Medina de Rioseco a Palanquinos (30 de abril de 1915). Las tres últimas fueron explotadas en un primer momento por la Compañía de los Ferrocarriles de Castilla, filial de la Sociedad Española de Ferrocarriles Secundarios, empresa creada en 1909 y con su sede principal en Francia. Las dos sociedades serían fusionadas en 1934 y darían lugar a la Compañía de los Ferrocarriles de Castilla y Española de Ferrocarriles Secundarios, entidad que sería popularmente conocida como Secundarios de Castilla. En total, las cuatro líneas sumaban una longitud de 226 kilómetros, un recorrido jalonado por 32 estaciones de primera, segunda y tercera categoría, a las que había que añadir tres apeaderos. En cuanto al número de empleados, el conjunto de instalaciones ferroviarias sumaba unos 400 trabajadores.</p>
<p>Al margen de periodos puntuales de cierta bonanza económica vinculados a buenas cosechas o al descenso del precio del carbón –lo que significaba abaratar los costes de explotación–, los resultados económicos de las cuatro líneas se quedaron muy lejos de las expectativas con las que iniciaron su actividad las empresas concesionarias. Unas empresas que, por otro lado, tampoco realizaron las inversiones que hubieran sido necesarias para lograr un adecuado mantenimiento y modernización del servicio.</p>
<p>Esa precaria situación hizo que el Estado tuviera que asumir en 1930 la titularidad de línea Valladolid-Medina de Rioseco, que poco después pasaría a ser gestionada, como las otras, por la compañía de Secundarios de Castilla. Algunas décadas más tarde, el 16 de marzo de 1965, tras un progresivo declive determinado en gran parte por la creciente competencia del transporte por carretera, la gestión del Secundario pasó a manos del Estado, siendo integrado en la compañía pública Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha (FEVE), recién creada. En esos momentos, a pesar de la paulatina reducción de personal, los trenes todavía daban empleo a 287 trabajadores.</p>
<p>El cambio de titular tuvo lugar en un momento en el que el Gobierno había anunciado el Plan de Tierra de Campos, un ambicioso programa de inversiones que pretendía la resurrección de la comarca. Esa circunstancia, unida al nacimiento de un tardío movimiento de reivindicación del tren al margen de criterios exclusivamente económicos, produjo un breve espejismo de futuro. Sin embargo, todas aquellas expectativas se vieron defraudadas y al fin, tras un triste proceso de deterioro y abandono, con muchas de sus antiguas estaciones convertidas en simples apeaderos, el trenín de Tierra de Campos dejó de circular el 11 de julio de 1969. A partir de ese momento comenzó el desmantelamiento de las estructuras ferroviarias y un acelerado proceso de abandono en el que no faltaron los episodios de rapiña.</p>
<p>Los Secundarios nunca fueron trenes muy rápidos ni excesivamente rentables en estrictos términos financieros. Seguramente, su realización fue producto de una época inspirada en las promesas quiméricas del progreso maquinista y en el afán especulador del naciente capitalismo. Pero, a pesar de todo eso, sirvió para que los hombres de Tierra de Campos alumbrasen una nueva esperanza de prosperidad. Por desgracia, el tiempo se encargó de demostrar que aquellas esperanzas nunca se verían colmadas y, aunque nuestro humilde trenecillo cumplió variados servicios de apreciable importancia, comunicando con regularidad a las gentes de los pueblos, las implacables razones de la economía se impusieron a otros criterios más intangibles, casi podríamos decir que románticos, como son los del servicio público.</p>
<p>El cierre del ferrocarril fue un duro golpe para los pueblos acostumbrados a su diario trajinar. Pronto se pudo comprobar que cerrar una estación significaba limitar las posibilidades de supervivencia de muchas localidades y comarcas, siguiendo a la desaparición del tren la clausura de numerosas industrias y negocios. Llegaba a su fin la década de los años sesenta y cobraba su máxima intensidad un proceso de despoblación que ha resultado imparable hasta el día de hoy.</p>
<p>Como ya se ha comentado, tras perder su anterior cometido las vías del tren fueron arrancadas con sorprendente celeridad y muchas de las estaciones y de las instalaciones ferroviarios comenzaron a desmoronarse. A pesar de ello, hoy todavía quedan algunos de aquellos edificios en pie, héroes de ladrillo que desafían la incuria de los tiempos y el desprecio de quienes ignoran lo que los trenes a vapor significaron para las gentes de esta tierra. De cuánta alegría, cuánto hambre, cuánto esfuerzo común y cuántos sueños fueron testigos los vagones de madera y las locomotoras de carbón de nuestros Secundarios de Castilla.</p>
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		<title>La central térmica de Velilla del Río Carrión</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 13:12:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La puesta en marcha de la central térmica de Velilla, en junio de 1964, supuso un hecho excepcional para la economía de la Montaña Palentina, no solo por los empleos que generó, sino por la gran demanda que trasladó a todas las empresas mineras de la comarca. RUBÉN ABAD RUIZ A mediados del siglo pasado, la compañía Iberduero –el germen de la actual Iberdrola– puso su atención en el norte de Palencia para instalar uno de sus grandes proyectos: una central térmica que generaría electricidad alimentada por el carbón que se producía en el entorno. Y fue en Velilla donde la compañía encontró todo lo que precisaba para su construcción: toneladas de carbón en un radio de apenas un puñado de kilómetros (en el propio municipio, en el vecino de Guardo, en Santibáñez de la Peña, Castrejón, Cervera, Barruelo y en poblaciones cercanas de León), agua abundante del río Carrión para alimentar la instalación y una extensión de terreno lo suficientemente grande como para acoger un complejo de unas magnitudes nunca vistas hasta entonces en el Alto Carrión. Según los datos aportados por el escritor Jaime García Reyero, el proyecto comenzó a gestarse en 1950, tras el anuncio que Francisco Franco realizó en Ponferrada (León) el 14 de julio de ese año. Su capital inicial sería de 60 millones de pesetas (360.000 euros), ampliable después a 240 millones de pesetas (1,5 millones de euros), aunque sus promotores tuvieron que esperar un tiempo hasta que, finalmente, pudo ver la luz. En 1955 se comunicó su ejecución a los representantes de los mineros, que lo acogieron como una gran noticia, pues consolidaría las explotaciones existentes, crearía nuevos empleos y generaría aún más riqueza en una comarca que, por aquel entonces, se convirtió en el auténtico motor industrial de la provincia. Al fin, en 1957, en concreto el 10 de junio, el Consejo de Ministros autorizó la construcción de la central velillense. Una vez anunciada la edificación, hubo que buscar financiación. En total, 9.300.000 dólares (7,76 millones de euros al cambio) que llegaron procedentes de Estados Unidos. Tras lograr ese dinero, la central fue construida por Entrecanales y Távor, siendo la empresa encargada de su explotación Centrales Térmicas del Norte de España (Terminor), creada para ese fin en 1958 en Bilbao y formada por capital de Iberduero y Electra Viesgo. Tras más de una década de trabajo frenético sobre el terreno y en los despachos, con montañas de trámites administrativos a los que hacer frente, cientos de planos, miles de cálculos, permisos y cuadrantes, la flamante central térmica, con una potencia de 148 megavatios, se enganchó a la red a las 10 horas y 52 minutos del 5 de junio de 1964. Ese año produjo 488.556 megawatios, estuvo 3.745 horas en funcionamiento y quemó en su caldera 222.169 toneladas de hulla y antracita. A partir de ese momento, la minería palentina iniciaba un exitoso capítulo dentro de su historia. Tal era la demanda de la planta que las explotaciones de la cuenca no tardaron en invertir grandes cantidades de dinero para hacer más productivos y rentables sus pozos, a la par que daban salida a materiales como el carbón en polvo, hasta entonces inservible. Las vagonetas repletas de mineral se contabilizaban por centenares cada día, la inmensa mayoría con destino a una central que llegó a consumir más de 900.000 toneladas de antracita y hulla al año (906.540 en 1990), lo que se tradujo en más de dos millones de megavatios de energía eléctrica producida, 2.002.211, para ser más exactos. Aquellos eran años de bonanza en la comarca y había trabajo para palentinos y foráneos, no se conocía el desempleo y no faltaba el dinero. Una zona próspera y de marcado carácter industrial que afianzó su liderazgo económico a nivel provincial cuando en 1984 entró en funcionamiento el Grupo II de la central con una potencia de 350 MW. Así, la planta pasaba de los 148 MW iniciales del Grupo I a 498 MW con las dos calderas a pleno rendimiento. Este proyecto comenzó a gestarse en 1964, aunque hubo que esperar hasta el 17 de agosto de 1979 para recibir la autorización de la Dirección General de la Energía. En febrero de 1980, Terminor acometió la contratación del equipo principal, caldera y turbina. La autorización definitiva se recibió tras resolución del 6 de octubre de 1980. Tras la entrada en funcionamiento de la planta, gran parte de la producción de las minas de la provincia se quemaba en sus calderas. En total, 7.002.385 toneladas en los 30 años comprendidos entre 1966 y 1996. En ese periodo, las principales proveedoras fueron las empresas mineras Antracitas de Velilla (2.886.309 Tm.), San Luis (1.996.529), la Cántabro Bilbaína (1.136.777 Tm. hasta 1991), San Isidro y María (405.113), San Claudio (377.781) y Felipe Villanueva (199.876 Tm. hasta 1989). La apertura de la térmica velillense y el auge de la actividad minera supuso un soplo de aire fresco para la comarca, un hecho que queda reflejado en el padrón de los municipios vinculados a la extracción del carbón. Así, la cuenca de antracita pasó de sumar 10.633 habitantes en 1900 a 13.934 en 1960, un guarismo que todavía aumentó en 1991 hasta los 18.081 empadronados. En este ámbito, merece una mención especial la localidad de Guardo, que gracias al carbón y a la factoría de Explosivos se convirtió en la capital industrial no solo del norte de Palencia, sino de la provincia en su conjunto. Para más información: La central térmica de Velilla del Río Carrión. Historia del motor industrial del Alto Carrión (Colección de Historia Montaña Palentina, nº 12)]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La puesta en marcha de la central térmica de Velilla, en junio de 1964, supuso un hecho excepcional para la economía de la Montaña Palentina, no solo por los empleos que generó, sino por la gran demanda que trasladó a todas las empresas mineras de la comarca.</strong></p>
<p><em>RUBÉN ABAD RUIZ</em></p>
<p>A mediados del siglo pasado, la compañía Iberduero –el germen de la actual Iberdrola– puso su atención en el norte de Palencia para instalar uno de sus grandes proyectos: una central térmica que generaría electricidad alimentada por el carbón que se producía en el entorno. Y fue en Velilla donde la compañía encontró todo lo que precisaba para su construcción: toneladas de carbón en un radio de apenas un puñado de kilómetros (en el propio municipio, en el vecino de Guardo, en Santibáñez de la Peña, Castrejón, Cervera, Barruelo y en poblaciones cercanas de León), agua abundante del río Carrión para alimentar la instalación y una extensión de terreno lo suficientemente grande como para acoger un complejo de unas magnitudes nunca vistas hasta entonces en el Alto Carrión.</p>
<p>Según los datos aportados por el escritor Jaime García Reyero, el proyecto comenzó a gestarse en 1950, tras el anuncio que Francisco Franco realizó en Ponferrada (León) el 14 de julio de ese año. Su capital inicial sería de 60 millones de pesetas (360.000 euros), ampliable después a 240 millones de pesetas (1,5 millones de euros), aunque sus promotores tuvieron que esperar un tiempo hasta que, finalmente, pudo ver la luz. En 1955 se comunicó su ejecución a los representantes de los mineros, que lo acogieron como una gran noticia, pues consolidaría las explotaciones existentes, crearía nuevos empleos y generaría aún más riqueza en una comarca que, por aquel entonces, se convirtió en el auténtico motor industrial de la provincia. Al fin, en 1957, en concreto el 10 de junio, el Consejo de Ministros autorizó la construcción de la central velillense.</p>
<p>Una vez anunciada la edificación, hubo que buscar financiación. En total, 9.300.000 dólares (7,76 millones de euros al cambio) que llegaron procedentes de Estados Unidos. Tras lograr ese dinero, la central fue construida por Entrecanales y Távor, siendo la empresa encargada de su explotación Centrales Térmicas del Norte de España (Terminor), creada para ese fin en 1958 en Bilbao y formada por capital de Iberduero y Electra Viesgo.</p>
<p>Tras más de una década de trabajo frenético sobre el terreno y en los despachos, con montañas de trámites administrativos a los que hacer frente, cientos de planos, miles de cálculos, permisos y cuadrantes, la flamante central térmica, con una potencia de 148 megavatios, se enganchó a la red a las 10 horas y 52 minutos del 5 de junio de 1964. Ese año produjo 488.556 megawatios, estuvo 3.745 horas en funcionamiento y quemó en su caldera 222.169 toneladas de hulla y antracita.<br />
A partir de ese momento, la minería palentina iniciaba un exitoso capítulo dentro de su historia. Tal era la demanda de la planta que las explotaciones de la cuenca no tardaron en invertir grandes cantidades de dinero para hacer más productivos y rentables sus pozos, a la par que daban salida a materiales como el carbón en polvo, hasta entonces inservible. Las vagonetas repletas de mineral se contabilizaban por centenares cada día, la inmensa mayoría con destino a una central que llegó a consumir más de 900.000 toneladas de antracita y hulla al año (906.540 en 1990), lo que se tradujo en más de dos millones de megavatios de energía eléctrica producida, 2.002.211, para ser más exactos.</p>
<p>Aquellos eran años de bonanza en la comarca y había trabajo para palentinos y foráneos, no se conocía el desempleo y no faltaba el dinero. Una zona próspera y de marcado carácter industrial que afianzó su liderazgo económico a nivel provincial cuando en 1984 entró en funcionamiento el Grupo II de la central con una potencia de 350 MW. Así, la planta pasaba de los 148 MW iniciales del Grupo I a 498 MW con las dos calderas a pleno rendimiento. Este proyecto comenzó a gestarse en 1964, aunque hubo que esperar hasta el 17 de agosto de 1979 para recibir la autorización de la Dirección General de la Energía. En febrero de 1980, Terminor acometió la contratación del equipo principal, caldera y turbina. La autorización definitiva se recibió tras resolución del 6 de octubre de 1980.</p>
<p>Tras la entrada en funcionamiento de la planta, gran parte de la producción de las minas de la provincia se quemaba en sus calderas. En total, 7.002.385 toneladas en los 30 años comprendidos entre 1966 y 1996. En ese periodo, las principales proveedoras fueron las empresas mineras Antracitas de Velilla (2.886.309 Tm.), San Luis (1.996.529), la Cántabro Bilbaína (1.136.777 Tm. hasta 1991), San Isidro y María (405.113), San Claudio (377.781) y Felipe Villanueva (199.876 Tm. hasta 1989).</p>
<p>La apertura de la térmica velillense y el auge de la actividad minera supuso un soplo de aire fresco para la comarca, un hecho que queda reflejado en el padrón de los municipios vinculados a la extracción del carbón. Así, la cuenca de antracita pasó de sumar 10.633 habitantes en 1900 a 13.934 en 1960, un guarismo que todavía aumentó en 1991 hasta los 18.081 empadronados. En este ámbito, merece una mención especial la localidad de Guardo, que gracias al carbón y a la factoría de Explosivos se convirtió en la capital industrial no solo del norte de Palencia, sino de la provincia en su conjunto.</p>
<p><a href="https://aruz.es/portfolio/coleccion-historia-de-la-montana-palentina-numero-12/" target="_blank">Para más información: La central térmica de Velilla del Río Carrión. Historia del motor industrial del Alto Carrión (Colección de Historia Montaña Palentina, nº 12)</a></p>
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		<title>El molino de Triollo</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 13:05:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Convertido actualmente en una ruina, el molino de Triollo fue durante décadas un lugar de referencia para los campesinos que, desde diferentes pueblos del entorno, acudían hasta allí para moler el grano. JOSÉ CARLOS MARTÍNEZ MANCEBO La acción de ir a moler estaba rodeada de intranquilidades. Los delegados –encargados de controlar el consumo de aceite y harina en la postguerra– acostumbraban a dirigirse por sorpresa a los molinos de la zona y, a veces, requisaban la harina y levantaban el correspondiente atestado a los vecinos que tuvieran la desgracia de llevar esos días la carga de trigo a moler. Tiene ante sí lo que debió ser un imponente molino. En la actualidad, presenta un aspecto ruinoso: el techo se ha venido abajo y en los ventanales solo resisten algunos marcos podridos. Esta fábrica de luz y harinas se ha convertido en un edificio de soledad y desolación. Todo en él es ahora inhóspito; posiblemente algunas aves noctámbulas lo utilicen como refugio. A través de un ventanuco, casi tapado por ortigas, alcanza a identificar muelas molineras, cintas trasportadoras, recipientes de madera y otra maquinaria en desuso. Le gustaría que este conjunto de tolvas, tubos, correas y poleas no estuviera agotado, solo dormido temporalmente, esperando volver de nuevo a verse envuelto en el polvo de la harina nutritiva. En la parte norte se conserva el cuérnago que conducía las aguas del Carrión hasta el molino, para aportar la fuerza motriz que movía las piedras moledoras. Le han contado que durante el invierno sus aguas quedaban congeladas. El alcalde convocaba a huebra a los vecinos, que tenían que picar el hielo para que la corriente de agua llegase hasta al molino. Y en los veranos, si el cauce menguaba, a veces se quedaban sin suministro eléctrico: «Igual a mitad de la cena se marchaba la luz y teníamos que sacar los candiles como antiguamente». A pesar de esas dificultades y de las frecuentes averías, el molino poseía un ostentoso nombre: «Molino harinero y central eléctrica de los vecinos de Triollo y La Lastra. El Salvador Rey». Desde la Edad Media, los molinos representaban uno de los bienes más preciados para los pueblos. A veces, su explotación quedaba en manos de los monasterios y señores del lugar. En los años treinta, una sociedad de vecinos de La Lastra y Triollo construyeron y gestionaron este molino. En total eran unos noventa socios. Por lo visto, en un primer momento la central fue financiada y proyectada por una asociación vecinal de Triollo, pero antes de su finalización se les acabó el presupuesto. Recurrieron a pedir ayuda financiera a un tal Santiagón de Resoba, que no les dio la respuesta adecuada. Por tanto, no les quedó otro remedio que ampliar la sociedad a varios vecinos de La Lastra, constituyendo así la sociedad que administró el molino: «Dejaron un escrito en que se decía que el derecho a ser socios pasaba de padres a hijos, pero había que vivir en La Lastra o en Triollo». Debido a su situación estratégica, en la misma ribera del Carrión, Triollo siempre tuvo numerosos molinos. En el siglo XVIII se recoge la existencia de ocho: el de Suso, el de Manuel Andrés, el de Fabián Noriega, el de Hondón, el de Arriba, el de Huerta, el de Primera y la pisa o batán. Los siete primeros eran harineros y el último servía para pisar los paños de sayal: «Hacia Valdetriollo, en la Cueva del Río, existía un “molino de pisa” propiedad de Elías Mediavilla, padre de Sagrario, que aún vive. Venía el agua por una canalita y tenía una rueda con dos mazos. Al dar vueltas, el mazo golpeaba el sayal y así estaba toda la noche. Primero se cardaba e hilaba la lana, después los ovillos se los llevaban al tío Pacho de La Lastra para que los tejieran, y después venían aquí para que con la fuerza del agua se movieran unos mazos que pisaban la tela. Se cobraba un tanto por usarlo». El molino que tiene enfrente molía las harinas y era central eléctrica. Tenía tres piedras: una para centeno, otra para trigo y otra para el tremesino. Acudían de muchos pueblos de los alrededores y lo atendía una persona que también ejercía de electricista. La parte superior del edificio estaba destinada a vivienda. Mariano y Paulina residieron allí muchos años con sus hijos. Le agradaría que este viejo caserón fuera restaurado algún día y sirviera como museo o muestra de lo que el molino suponía para todo el contorno. Y que, de alguna manera, el cuérnago que arrastraba las aguas desde el Carrión pudiera volver a discurrir por sus entrañas. Siente que por estos lares no son muy dados a mantener vestigios «inútiles». Para más información: Palabras, ecos y silencios. Un recorrido por los pueblos y la memoria del Alto Carrión]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Convertido actualmente en una ruina, el molino de Triollo fue durante décadas un lugar de referencia para los campesinos que, desde diferentes pueblos del entorno, acudían hasta allí para moler el grano.</strong></p>
<p><em>JOSÉ CARLOS MARTÍNEZ MANCEBO</em></p>
<p>La acción de ir a moler estaba rodeada de intranquilidades. Los delegados –encargados de controlar el consumo de aceite y harina en la postguerra– acostumbraban a dirigirse por sorpresa a los molinos de la zona y, a veces, requisaban la harina y levantaban el correspondiente atestado a los vecinos que tuvieran la desgracia de llevar esos días la carga de trigo a moler. Tiene ante sí lo que debió ser un imponente molino. En la actualidad, presenta un aspecto ruinoso: el techo se ha venido abajo y en los ventanales solo resisten algunos marcos podridos. Esta fábrica de luz y harinas se ha convertido en un edificio de soledad y desolación. Todo en él es ahora inhóspito; posiblemente algunas aves noctámbulas lo utilicen como refugio. A través de un ventanuco, casi tapado por ortigas, alcanza a identificar muelas molineras, cintas trasportadoras, recipientes de madera y otra maquinaria en desuso. Le gustaría que este conjunto de tolvas, tubos, correas y poleas no estuviera agotado, solo dormido temporalmente, esperando volver de nuevo a verse envuelto en el polvo de la harina nutritiva. En la parte norte se conserva el cuérnago que conducía las aguas del Carrión hasta el molino, para aportar la fuerza motriz que movía las piedras moledoras. Le han contado que durante el invierno sus aguas quedaban congeladas. El alcalde convocaba a huebra a los vecinos, que tenían que picar el hielo para que la corriente de agua llegase hasta al molino. Y en los veranos, si el cauce menguaba, a veces se quedaban sin suministro eléctrico: «Igual a mitad de la cena se marchaba la luz y teníamos que sacar los candiles como antiguamente». A pesar de esas dificultades y de las frecuentes averías, el molino poseía un ostentoso nombre: «Molino harinero y central eléctrica de los vecinos de Triollo y La Lastra. El Salvador Rey».<br />
Desde la Edad Media, los molinos representaban uno de los bienes más preciados para los pueblos. A veces, su explotación quedaba en manos de los monasterios y señores del lugar. En los años treinta, una sociedad de vecinos de La Lastra y Triollo construyeron y gestionaron este molino. En total eran unos noventa socios. Por lo visto, en un primer momento la central fue financiada y proyectada por una asociación vecinal de Triollo, pero antes de su finalización se les acabó el presupuesto. Recurrieron a pedir ayuda financiera a un tal Santiagón de Resoba, que no les dio la respuesta adecuada. Por tanto, no les quedó otro remedio que ampliar la sociedad a varios vecinos de La Lastra, constituyendo así la sociedad que administró el molino: «Dejaron un escrito en que se decía que el derecho a ser socios pasaba de padres a hijos, pero había que vivir en La Lastra o en Triollo».<br />
Debido a su situación estratégica, en la misma ribera del Carrión, Triollo siempre tuvo numerosos molinos. En el siglo XVIII se recoge la existencia de ocho: el de Suso, el de Manuel Andrés, el de Fabián Noriega, el de Hondón, el de Arriba, el de Huerta, el de Primera y la pisa o batán. Los siete primeros eran harineros y el último servía para pisar los paños de sayal: «Hacia Valdetriollo, en la Cueva del Río, existía un “molino de pisa” propiedad de Elías Mediavilla, padre de Sagrario, que aún vive. Venía el agua por una canalita y tenía una rueda con dos mazos. Al dar vueltas, el mazo golpeaba el sayal y así estaba toda la noche. Primero se cardaba e hilaba la lana, después los ovillos se los llevaban al tío Pacho de La Lastra para que los tejieran, y después venían aquí para que con la fuerza del agua se movieran unos mazos que pisaban la tela. Se cobraba un tanto por usarlo».</p>
<p>El molino que tiene enfrente molía las harinas y era central eléctrica. Tenía tres piedras: una para centeno, otra para trigo y otra para el tremesino. Acudían de muchos pueblos de los alrededores y lo atendía una persona que también ejercía de electricista. La parte superior del edificio estaba destinada a vivienda. Mariano y Paulina residieron allí muchos años con sus hijos.</p>
<p>Le agradaría que este viejo caserón fuera restaurado algún día y sirviera como museo o muestra de lo que el molino suponía para todo el contorno. Y que, de alguna manera, el cuérnago que arrastraba las aguas desde el Carrión pudiera volver a discurrir por sus entrañas. Siente que por estos lares no son muy dados a mantener vestigios «inútiles».</p>
<p><a href="https://aruz.es/portfolio/palabras-ecos-y-silencios-un-recorrido-por-los-pueblos-y-la-memoria-del-alto-carrion/" target="_blank">Para más información: Palabras, ecos y silencios. Un recorrido por los pueblos y la memoria del Alto Carrión</a></p>
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		<title>Peña Ulaña, un rincón fascinante en  el Geoparque de Las Loras</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2020 10:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aruz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Burgos]]></category>
		<category><![CDATA[geología]]></category>
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		<category><![CDATA[Naturaleza]]></category>

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		<description><![CDATA[La alargada lora de Peña Ulaña se alza, por encima de los 1.226 metros, entre las localidades burgalesas de Humada, San Martín y los Ordejones. La cima es una superficie plana, de cuatro kilómetros de largo por dos de ancho, que constituye una formidable atalaya desde la que se divisa un amplio territorio. JAVIER BASCONCILLOS Los restos arqueológicos se distribuyen por toda la planicie, pero alcanzan su mayor concentración en el extremo que se alza sobre el pueblo de Humada, donde se localizan los vestigios de un importante asentamiento celta. Es posible acceder hasta lo alto de la meseta meridional por un camino de tierra que parte de San Martín de Humada. Las evidencias arqueológicas abarcan una superficie de 586 hectáreas, de las que la mitad se encuentran sobre una plataforma un poco más elevada, dividida transversalmente por un muro de piedra y rodeada por un cinto que hace las veces de foso natural. Otra muralla bordea los cortados calizos del flanco norte, los más accesibles, mientras que el resto del perímetro está bien protegido por la propia altura de los farallones. En el borde oeste, frente a la localidad de Ordejón de Abajo, se levanta un gran bloque calizo, desgajado de la Peña Ulaña, conocido como Peña Castillo, que dispone en su inexpugnable cima de una plataforma de unos 150 metros de diámetro, rodeada de escarpes de más de 20 metros de altura y cuyo único acceso es el tajo que la separa de la lora y que completa el sistema defensivo. En el interior de los muros se han localizado 267 estructuras, con formas circulares y rectangulares, pertenecientes a distintas viviendas. Los materiales arqueológicos más antiguos han sido datados en la transición del Hierro I al II, aunque la mayor parte corresponden a la II Edad del Hierro, llegando hasta finales del siglo I a.C. El conjunto da lugar al castro de mayor extensión de la Península Ibérica y a uno de los más grandes de Europa. La extraordinaria panorámica que ofrece Peña Ulaña permite dibujar, en los días claros, el perfil de las montañas cantábricas, hacia el norte, y el de las estribaciones de la Cordillera Ibérica, hacia el sureste. Para más información: Las Loras. Memoria de la tierra]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La alargada lora de Peña Ulaña se alza, por encima de los 1.226 metros, entre las localidades burgalesas de Humada, San Martín y los Ordejones. La cima es una superficie plana, de cuatro kilómetros de largo por dos de ancho, que constituye una formidable atalaya desde la que se divisa un amplio territorio.</strong></p>
<p><em>JAVIER BASCONCILLOS</em></p>
<p>Los restos arqueológicos se distribuyen por toda la planicie, pero alcanzan su mayor concentración en el extremo que se alza sobre el pueblo de Humada, donde se localizan los vestigios de un importante asentamiento celta. Es posible acceder hasta lo alto de la meseta meridional por un camino de tierra que parte de San Martín de Humada.</p>
<p>Las evidencias arqueológicas abarcan una superficie de 586 hectáreas, de las que la mitad se encuentran sobre una plataforma un poco más elevada, dividida transversalmente por un muro de piedra y rodeada por un cinto que hace las veces de foso natural. Otra muralla bordea los cortados calizos del flanco norte, los más accesibles, mientras que el resto del perímetro está bien protegido por la propia altura de los farallones.</p>
<p>En el borde oeste, frente a la localidad de Ordejón de Abajo, se levanta un gran bloque calizo, desgajado de la Peña Ulaña, conocido como Peña Castillo, que dispone en su inexpugnable cima de una plataforma de unos 150 metros de diámetro, rodeada de escarpes de más de 20 metros de altura y cuyo único acceso es el tajo que la separa de la lora y que completa el sistema defensivo.</p>
<p>En el interior de los muros se han localizado 267 estructuras, con formas circulares y rectangulares, pertenecientes a distintas viviendas. Los materiales arqueológicos más antiguos han sido datados en la transición del Hierro I al II, aunque la mayor parte corresponden a la II Edad del Hierro, llegando hasta finales del siglo I a.C. El conjunto da lugar al castro de mayor extensión de la Península Ibérica y a uno de los más grandes de Europa.</p>
<p>La extraordinaria panorámica que ofrece Peña Ulaña permite dibujar, en los días claros, el perfil de las montañas cantábricas, hacia el norte, y el de las estribaciones de la Cordillera Ibérica, hacia el sureste.</p>
<p><a href="http://aruz.es/portfolio/las-loras-memoria-de-la-tierra/">Para más información: Las Loras. Memoria de la tierra</a></p>
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