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	<title>Aruz Ediciones &#187; admin</title>
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	<description>La memoria de nuestras gentes. La historia de nuestra tierra</description>
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		<title>La elaboración de muelas de molino en la Montaña Palentina</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Apr 2013 09:47:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una de las actividades tradicionales menos conocidas de la provincia es la talla de las piedras que durante siglos fueron empleadas en los molinos harineros para triturar el grano. Juan Maestro ha elaborado un estudio que ha sido publicado en el quinto número de la Colección de historia ‘Montaña Palentina’, en el que descubre el desarrollo de este singular trabajo durante los últimos quinientos años. JUAN MAESTRO HERNÁNDEZ Caminar por las sierras que dominan las comarcas de La Braña, Castillería y La Pernía significa disfrutar de la naturaleza en su máxima expresión. Pero, además, nos permite conocer los lugares en los que durante siglos se ha realizado una de las actividades menos conocidas de nuestra tierra. Hablamos de la elaboración de las muelas de molino, piedras utilizadas en los molinos hidráulicos para triturar el cereal y producir la harina aprovechando la fuerza del agua de los ríos. En estos parajes agrestes de indudable belleza, que nos brindan espectaculares panorámicas de la montaña Cantábrica, se sitúan las canteras en las que desde tiempos remotos las gentes de Brañosera, Salcedillo, San Juan y Santa María de Redondo, Celada de Roblecedo y Herreruela de Castillería tallaban con enorme esfuerzo la dura roca de conglomerado, conocida en la zona como “gorronuda”, con la que se obtenían las piedras empleadas en los molinos. Historia de la talla de las muelas El primer documento que hace referencia a esta singular actividad son las antiguas ordenanzas de Barruelo de Santullán, de 1571, en las que se citan los privilegios que disfrutaban los fabricantes de las muelas. Entre ellos estaban el uso preferente de la fragua para afilar sus herramientas o la exención de acudir al Concejo si se encontraban cargando piedras. Otros documentos posteriores, como el redactado en 1598 en el monasterio de San Millán de la Cogolla de Yuso, en La Rioja, señalan que el centro monástico había realizado “un pedido de cinco muelas a medida que se encargan a Juan de Santiago, vecino de Brañosera, en la jurisdicción de Aguilar de Campóo, en abril de 1598, a razón de nueve ducados y medio cada una”. Como puede verse, el comercio de las piedras del norte de Palencia trascendía el ámbito local y se extendía por poblaciones de La Rioja, Burgos, León o Tierra de Campos. La importancia de la actividad se pone en evidencia en 1706, cuando se redacta un convenio entre los concejos del Valle de Redondo, Brañosera, Celada, Salcedillo y Herreruela para limitar el tamaño y el número de muelas que puede producir al año cada vecino. Para quien incumpliera estas normas, se fijaban las sanciones correspondientes. La elaboración de las muelas alcanzó una gran importancia en los pueblos mencionados, si tenemos en cuenta la cantidad de vecinos que se dedicaron a ella y el largo periodo en que se mantuvo activa. Esta labor, en todo caso, era una ocupación de temporada que permitía añadir unos ingresos a las rentas obtenidas con la agricultura y la ganadería, que eran las ocupaciones principales en la zona. El número de piedras fabricadas y su tamaño dependía de la demanda de los molinos. La producción de muelas de molino pervivió en la Montaña Palentina hasta los años setenta del siglo pasado, cuando el último cantero del pueblo de Brañosera, Pedro del Río, cesó su actividad. El progresivo cierre de los molinos harineros propició a su vez el final de la labra de las piedras y la desaparición de uno de los oficios tradicionales de los habitantes de la sierra. La labra de las piedras El primer paso para fabricar la piedra era localizar el tipo de roca adecuado: el conglomerado. Entre sus principales características figura su dureza y sobre todo su disposición en forma de estratos. Se buscaba que éstos fueran horizontales y de un espesor similar a las muelas que se deseaban obtener. Muchas veces se tenían que recorrer grandes distancias y acudir a parajes de más de 2.000 metros de altura para encontrar el tipo de roca adecuada, lo que obligaba a permanecer lejos de casa varias jornadas. Una vez seleccionado el estrato adecuado, había que extraer los bloques de piedra. Para ello se fragmentaban grandes peñascos, aprovechando los huecos de la roca, en los que se introducía una cuña a golpe de maza. Esta labor se repetía a lo largo del estrato y se dejaba un tiempo para que las dilataciones y contracciones de los materiales, producidas por las variaciones de temperatura del duro clima de montaña hicieran el trabajo. Una vez extraídos los bloques de piedra, en ese mismo lugar se daban forma redondeada a golpe de martillo. En ocasiones, había que calzar la piedra, cercana a la tonelada de peso, y para ello se usaban unas largas palancas de roble y “la leva” o piedra empleada como punto de apoyo. Así la piedra quedaba “encamada” y facilitaba el trabajo del cantero. De la misma forma se procedía para “voltear la piedra” y tallar la otra cara de la muela, finalizando así su labra en la misma cantera. Las canteras En nuestros días, abandonada ya la labra de las piedras de molino, podemos recorrer las viejas canteras en la que se realizaba aquel trabajo. En muchas de ellas se encuentran todavía las piedras que quedaron abandonadas después de haberse malogrado durante su elaboración o su transporte. Algunas pueden verse apenas comenzadas a tallar, mientras que otras aparecen prácticamente terminadas. El visitante curioso puede de esta forma conocer unos caminos que durante siglos recorrieron nuestros antepasados, afanosos trabajadores de la piedra, en busca de las rocas más propicias para comenzar la talla. Estos restos son el recuerdo de un oficio singular, casi desconocido, y de una forma de vida basada en el trabajo duro y honrado; en el respeto a la naturaleza de unas gentes que, durante siglos, supieron vivir en comunidad adaptándose a unas difíciles condiciones de vida. Para más información: Colección de Historia Montaña Palentina, número 5.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Una de las actividades tradicionales menos conocidas de la provincia es la talla de las piedras que durante siglos fueron empleadas en los molinos harineros para triturar el grano. Juan Maestro ha elaborado un estudio que ha sido publicado en el quinto número de la Colección de historia ‘Montaña Palentina’, en el que descubre el desarrollo de este singular trabajo durante los últimos quinientos años.</strong></p>
<p><em>JUAN MAESTRO HERNÁNDEZ</em></p>
<p>Caminar por las sierras que dominan las comarcas de La Braña, Castillería y La Pernía significa disfrutar de la naturaleza en su máxima expresión. Pero, además, nos permite conocer los lugares en los que durante siglos se ha realizado una de las actividades menos conocidas de nuestra tierra. Hablamos de la elaboración de las muelas de molino, piedras utilizadas en los molinos hidráulicos para triturar el cereal y producir la harina aprovechando la fuerza del agua de los ríos.</p>
<p>En estos parajes agrestes de indudable belleza, que nos brindan espectaculares panorámicas de la montaña Cantábrica, se sitúan las canteras en las que desde tiempos remotos las gentes de Brañosera, Salcedillo, San Juan y Santa María de Redondo, Celada de Roblecedo y Herreruela de Castillería tallaban con enorme esfuerzo la dura roca de conglomerado, conocida en la zona como “gorronuda”, con la que se obtenían las piedras empleadas en los molinos.</p>
<p><strong>Historia de la talla de las muelas</strong></p>
<p>El primer documento que hace referencia a esta singular actividad son las antiguas ordenanzas de Barruelo de Santullán, de 1571, en las que se citan los privilegios que disfrutaban los fabricantes de las muelas. Entre ellos estaban el uso preferente de la fragua para afilar sus herramientas o la exención de acudir al Concejo si se encontraban cargando piedras.</p>
<p>Otros documentos posteriores, como el redactado en 1598 en el monasterio de San Millán de la Cogolla de Yuso, en La Rioja, señalan que el centro monástico había realizado <em>“un pedido de cinco muelas a medida que se encargan a Juan de Santiago, vecino de Brañosera, en la jurisdicción de Aguilar de Campóo, en abril de 1598, a razón de nueve ducados y medio cada una”</em>.</p>
<p>Como puede verse, el comercio de las piedras del norte de Palencia trascendía el ámbito local y se extendía por poblaciones de La Rioja, Burgos, León o Tierra de Campos. La importancia de la actividad se pone en evidencia en 1706, cuando se redacta un convenio entre los concejos del Valle de Redondo, Brañosera, Celada, Salcedillo y Herreruela para limitar el tamaño y el número de muelas que puede producir al año cada vecino. Para quien incumpliera estas normas, se fijaban las sanciones correspondientes.</p>
<p>La elaboración de las muelas alcanzó una gran importancia en los pueblos mencionados, si tenemos en cuenta la cantidad de vecinos que se dedicaron a ella y el largo periodo en que se mantuvo activa. Esta labor, en todo caso, era una ocupación de temporada que permitía añadir unos ingresos a las rentas obtenidas con la agricultura y la ganadería, que eran las ocupaciones principales en la zona. El número de piedras fabricadas y su tamaño dependía de la demanda de los molinos.</p>
<p>La producción de muelas de molino pervivió en la Montaña Palentina hasta los años setenta del siglo pasado, cuando el último cantero del pueblo de Brañosera, Pedro del Río, cesó su actividad. El progresivo cierre de los molinos harineros propició a su vez el final de la labra de las piedras y la desaparición de uno de los oficios tradicionales de los habitantes de la sierra.</p>
<p><strong>La labra de las piedras</strong></p>
<p>El primer paso para fabricar la piedra era localizar el tipo de roca adecuado: el conglomerado. Entre sus principales características figura su dureza y sobre todo su disposición en forma de estratos. Se buscaba que éstos fueran horizontales y de un espesor similar a las muelas que se deseaban obtener. Muchas veces se tenían que recorrer grandes distancias y acudir a parajes de más de 2.000 metros de altura para encontrar el tipo de roca adecuada, lo que obligaba a permanecer lejos de casa varias jornadas.</p>
<p>Una vez seleccionado el estrato adecuado, había que extraer los bloques de piedra. Para ello se fragmentaban grandes peñascos, aprovechando los huecos de la roca, en los que se introducía una cuña a golpe de maza. Esta labor se repetía a lo largo del estrato y se dejaba un tiempo para que las dilataciones y contracciones de los materiales, producidas por las variaciones de temperatura del duro clima de montaña hicieran el trabajo.</p>
<p>Una vez extraídos los bloques de piedra, en ese mismo lugar se daban forma redondeada a golpe de martillo. En ocasiones, había que calzar la piedra, cercana a la tonelada de peso, y para ello se usaban unas largas palancas de roble y “la leva” o piedra empleada como punto de apoyo. Así la piedra quedaba “encamada” y facilitaba el trabajo del cantero. De la misma forma se procedía para “voltear la piedra” y tallar la otra cara de la muela, finalizando así su labra en la misma cantera.</p>
<p><strong>Las canteras</strong></p>
<p>En nuestros días, abandonada ya la labra de las piedras de molino, podemos recorrer las viejas canteras en la que se realizaba aquel trabajo. En muchas de ellas se encuentran todavía las piedras que quedaron abandonadas después de haberse malogrado durante su elaboración o su transporte. Algunas pueden verse apenas comenzadas a tallar, mientras que otras aparecen prácticamente terminadas.</p>
<p>El visitante curioso puede de esta forma conocer unos caminos que durante siglos recorrieron nuestros antepasados, afanosos trabajadores de la piedra, en busca de las rocas más propicias para comenzar la talla. Estos restos son el recuerdo de un oficio singular, casi desconocido, y de una forma de vida basada en el trabajo duro y honrado; en el respeto a la naturaleza de unas gentes que, durante siglos, supieron vivir en comunidad adaptándose a unas difíciles condiciones de vida.</p>
<p><em><span style="text-decoration: underline;">Para más información: <a href="http://aruz.es/portfolio/coleccion-historia-de-la-montana-palentina-numero-5/">Colección de Historia Montaña Palentina, número 5</a>.</span></em></p>
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		<title>El asedio romano al castro cántabro  de La Loma en Santibáñez de la Peña</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Apr 2013 09:35:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cántabros]]></category>
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		<description><![CDATA[En los yacimientos del asedio han aparecido más de cuatrocientas puntas de flecha, que forman la colección más completa de todo el Imperio Romano. El norte de la actual provincia de Palencia fue el escenario en el que se desarrollaron algunos de los principales episodios de las guerras cántabras. Este área estuvo ocupado en la Antigüedad por una parte de los cántabros, con los que limitaban por el sur los vacceos y los turmogos asentados en las llanuras cerealísticas. Durante los comienzos de su mandato  el emperador Octavio Augusto Roma declaró la guerra a los cántabros y los astures y entre los años 29 y 16 a.C. dirigió una serie de duras campañas para someterlos. Nada se conocía arqueológicamente sobre estas guerras hasta hace poco. Sin embargo, en los últimos años se han ido descubriendo en el norte de Palencia, en Cantabria y en el norte de Burgos una serie de yacimientos de excepcional importancia. En ellos se han podido documentar algunos de los principales teatros de operaciones de las guerras cántabras. Por lo que se refiere a la provincia palentina, en el área del Alto Pisuerga se ha constatado la existencia de diversos campamentos romanos de época augústea. Varios de ellos están relacionados con el control de dicho territorio y con el ataque al importante oppidum cántabro de Monte Bernorio (Villarén, Pomar de Valdivia). El principal de estos campamentos es el de Castillejo o La Lastra (Pomar de Valdivia), descubierto por Miguel Angel Fraile, y en el que se han desarrollado dos campañas arqueológicas que permitieron estudiar sus estructuras y que proporcionaron materiales militares romanos de inicios del principado de Augusto. Sin embargo, el descubrimiento más espectacular, debido igualmente a la labor de exploración de Miguel Angel Fraile, ha tenido lugar más recientemente en Santibáñez de la Peña. Al sur de esta localidad se alzan los altos de La Loma. En ellos son visibles todavía los restos de las fortificaciones de asedio del  ejército romano a un castro cántabro. Entre los años 2003 y 2007 se desarrollaron varias campañas arqueológicas en este conjunto de La Loma que han arrojado importante información sobre el castro cántabro y el asedio de las legiones romanas. El castro cántabro El centro del conjunto de yacimientos arqueológicos es el castro cántabro, alrededor del cual existe todo un dispositivo de asedio romano constituido por un campamento principal y varios fortines (castella) unidos por una circunvalación y una contravalación (fortificaciones que unían campamento a campamento y cercaban el castro indígena). El asentamiento cántabro, conocido en la zona como “El Castro”, está emplazado en una loma situada a 1.124 metros de altitud y parcialmente acantilada por el suroeste y por el sureste, controlando el estrechamiento de La Hoz, donde se unen los ríos Valdavia y Las Heras y el arroyo de San Román. Es un castro de buenas dimensiones que ocupa una superficie de 10’18 hectáreas. Este castro es el más importante aparecido hasta el momento en la comarca del Alto Carrión y estuvo ocupado durante la IIª Edad del Hierro por una comunidad indígena de cierta importancia. Probablemente perteneció al populus cántabro de los camáricos, cuya ciudad de Camárica cita el geógrafo griego Ptolomeo ya en el siglo II d.C. en esta zona meridional de la antigua Cantabria. Inscripciones de época romana de las cercanas localidades palentinas de Dehesa de Montejo y Ruesga, en las que se cita a los camáricos o a su ciudad de Camárica, confirman que este fue el territorio de dicho grupo de los cántabros. Se trata de un verdadero oppidum que fue objetivo del ejército romano durante alguna de las campañas militares sucedidas entre los años 29 y 16 a.C., hecho que hace de este enclave un lugar de una importancia excepcional tanto desde el punto de vista arqueológico como desde el punto de vista histórico. Los campamentos romanos Al sudeste del oppidum indígena, sobre una eminencia alargada inmediata bordeada por el arroyo de San Román por el noroeste y algo más al sur por la localidad de Pino de Viduerna se encuentra el campamento romano principal. Tiene 5’9 hectáreas y es visible gran parte de su perímetro defensivo, formado por un agger o aterrazamiento de tierra y piedra en el que se ha documentado una puerta con clavicula interna, recurso militar romano habitual desde época cesariana hasta mediados del siglo II d.C. La planta del campamento es de forma ovalada alargada para adaptarse a las características topográficas del lugar. El dispositivo de asedio romano se apoyaba en este castra Principales y se completaba con otros castra minora o castella unidos entre sí por las líneas de circunvalación y de contravalación. Las evidencias de los combates El dispositivo de asedio romano aisló por completo al castro cántabro del mundo exterior encerrando a los sitiados e impidiendo la llegada de socorros desde el exterior. No sabemos cuánto tiempo duró. Lo que si se ha podido descubrir a través del registro arqueológico es que los cántabros no fueron reducidos por hambre como los numantinos, sino que el ejército romano hubo de expugnar la plaza mediante un asalto que se produjo en el punto más débil de las fortificaciones cántabras: la esquina en ángulo de las murallas situada frente al campamento romano principal. En la ladera de subida a este punto ha aparecido una cierta cantidad de tachuelas de las caligae que documenta el paso de una tropa numerosa, pero más expresivas son las numerosísimas puntas de flecha encontradas en la cara exterior del derrumbe de la muralla. La dispersión de las puntas de flecha de hierro se concentra en el ángulo de la muralla que comentamos. La mayoría son de tres aletas con espiga, aunque las hay de otras tipologías. En total han aparecido en todos los yacimientos del asedio más de cuatrocientas puntas de flecha, lo que hace de esta colección de La Loma la más completa de todo el Imperio Romano. Esta lluvia de proyectiles lanzados por los arqueros (sagittarii) y por las catapultas para desalojar a los defensores de las murallas debió producirse en el momento del asalto al tiempo que las cohortes avanzaban probablemente por delante adoptando la formación de “tortuga” (testudo) y superaban las defensas enemigas con escalas y otros artilugios. El combate parece haber sido encarnizado: la cara exterior de la muralla fue destruida y hay un potente nivel de incendio tanto en el talud de la muralla como en el foso. Desde las murallas los cántabros arrojaron contra los asaltantes cantos rodados de diverso tamaño con hondas o con la mano, pues han aparecido piezas de este tipo tanto en el foso como fuera de las murallas. Para más información: ‘La conquista romana de la Montaña Palentina: el asedio de La Loma (Santibáñez de la Peña), escrito por Eduardo Peralta Labrador y publicado en el número 2 de la Colección de Historia Montaña Palentina.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>En los yacimientos del asedio han aparecido más de cuatrocientas puntas de flecha, que forman la colección más completa de todo el Imperio Romano.</strong></p>
<p>El norte de la actual provincia de Palencia fue el escenario en el que se desarrollaron algunos de los principales episodios de las guerras cántabras. Este área estuvo ocupado en la Antigüedad por una parte de los cántabros, con los que limitaban por el sur los vacceos y los turmogos asentados en las llanuras cerealísticas. Durante los comienzos de su mandato  el emperador Octavio Augusto Roma declaró la guerra a los cántabros y los astures y entre los años 29 y 16 a.C. dirigió una serie de duras campañas para someterlos.</p>
<p>Nada se conocía arqueológicamente sobre estas guerras hasta hace poco. Sin embargo, en los últimos años se han ido descubriendo en el norte de Palencia, en Cantabria y en el norte de Burgos una serie de yacimientos de excepcional importancia. En ellos se han podido documentar algunos de los principales teatros de operaciones de las guerras cántabras. Por lo que se refiere a la provincia palentina, en el área del Alto Pisuerga se ha constatado la existencia de diversos campamentos romanos de época augústea. Varios de ellos están relacionados con el control de dicho territorio y con el ataque al importante <em>oppidum</em> cántabro de Monte Bernorio (Villarén, Pomar de Valdivia). El principal de estos campamentos es el de Castillejo o La Lastra (Pomar de Valdivia), descubierto por Miguel Angel Fraile, y en el que se han desarrollado dos campañas arqueológicas que permitieron estudiar sus estructuras y que proporcionaron materiales militares romanos de inicios del principado de Augusto.</p>
<p>Sin embargo, el descubrimiento más espectacular, debido igualmente a la labor de exploración de Miguel Angel Fraile, ha tenido lugar más recientemente en Santibáñez de la Peña. Al sur de esta localidad se alzan los altos de La Loma. En ellos son visibles todavía los restos de las fortificaciones de asedio del  ejército romano a un castro cántabro. Entre los años 2003 y 2007 se desarrollaron varias campañas arqueológicas en este conjunto de La Loma que han arrojado importante información sobre el castro cántabro y el asedio de las legiones romanas.</p>
<p><strong>El castro cántabro</strong></p>
<p><strong></strong>El centro del conjunto de yacimientos arqueológicos es el castro cántabro, alrededor del cual existe todo un dispositivo de asedio romano constituido por un campamento principal y varios fortines (<em>castella</em>) unidos por una circunvalación y una contravalación (fortificaciones que unían campamento a campamento y cercaban el castro indígena). El asentamiento cántabro, conocido en la zona como “El Castro”, está emplazado en una loma situada a 1.124 metros de altitud y parcialmente acantilada por el suroeste y por el sureste, controlando el estrechamiento de La Hoz, donde se unen los ríos Valdavia y Las Heras y el arroyo de San Román. Es un castro de buenas dimensiones que ocupa una superficie de 10’18 hectáreas.</p>
<p>Este castro es el más importante aparecido hasta el momento en la comarca del Alto Carrión y estuvo ocupado durante la IIª Edad del Hierro por una comunidad indígena de cierta importancia. Probablemente perteneció al <em>populus</em> cántabro de los camáricos, cuya ciudad de Camárica cita el geógrafo griego Ptolomeo ya en el siglo II d.C. en esta zona meridional de la antigua Cantabria. Inscripciones de época romana de las cercanas localidades palentinas de Dehesa de Montejo y Ruesga, en las que se cita a los camáricos o a su ciudad de Camárica, confirman que este fue el territorio de dicho grupo de los cántabros. Se trata de un verdadero <em>oppidum</em> que fue objetivo del ejército romano durante alguna de las campañas militares sucedidas entre los años 29 y 16 a.C., hecho que hace de este enclave un lugar de una importancia excepcional tanto desde el punto de vista arqueológico como desde el punto de vista histórico.</p>
<p><strong>Los campamentos romanos</strong></p>
<p>Al sudeste del <em>oppidum</em> indígena, sobre una eminencia alargada inmediata bordeada por el arroyo de San Román por el noroeste y algo más al sur por la localidad de Pino de Viduerna se encuentra el campamento romano principal. Tiene 5’9 hectáreas y es visible gran parte de su perímetro defensivo, formado por un <em>agger</em> o aterrazamiento de tierra y piedra en el que se ha documentado una puerta con <em>clavicula </em>interna, recurso militar romano habitual desde época cesariana hasta mediados del siglo II d.C. La planta del campamento es de forma ovalada alargada para adaptarse a las características topográficas del lugar. El dispositivo de asedio romano se apoyaba en este <em>castra Principales</em> y se completaba con otros <em>castra minora</em> o <em>castella</em> unidos entre sí por las líneas de circunvalación y de contravalación.</p>
<p><strong>Las evidencias de los combates</strong></p>
<p>El dispositivo de asedio romano aisló por completo al castro cántabro del mundo exterior encerrando a los sitiados e impidiendo la llegada de socorros desde el exterior. No sabemos cuánto tiempo duró. Lo que si se ha podido descubrir a través del registro arqueológico es que los cántabros no fueron reducidos por hambre como los numantinos, sino que el ejército romano hubo de expugnar la plaza mediante un asalto que se produjo en el punto más débil de las fortificaciones cántabras: la esquina en ángulo de las murallas situada frente al campamento romano principal.</p>
<p>En la ladera de subida a este punto ha aparecido una cierta cantidad de tachuelas de las <em>caligae</em> que documenta el paso de una tropa numerosa, pero más expresivas son las numerosísimas puntas de flecha encontradas en la cara exterior del derrumbe de la muralla. La dispersión de las puntas de flecha de hierro se concentra en el ángulo de la muralla que comentamos. La mayoría son de tres aletas con espiga, aunque las hay de otras tipologías. En total han aparecido en todos los yacimientos del asedio más de cuatrocientas puntas de flecha, lo que hace de esta colección de La Loma la más completa de todo el Imperio Romano.</p>
<p>Esta lluvia de proyectiles lanzados por los arqueros (<em>sagittarii</em>) y por las catapultas para desalojar a los defensores de las murallas debió producirse en el momento del asalto al tiempo que las cohortes avanzaban probablemente por delante adoptando la formación de “tortuga” (<em>testudo</em>) y superaban las defensas enemigas con escalas y otros artilugios. El combate parece haber sido encarnizado: la cara exterior de la muralla fue destruida y hay un potente nivel de incendio tanto en el talud de la muralla como en el foso. Desde las murallas los cántabros arrojaron contra los asaltantes cantos rodados de diverso tamaño con hondas o con la mano, pues han aparecido piezas de este tipo tanto en el foso como fuera de las murallas.</p>
<p><em><span style="text-decoration: underline;">Para más información: </span></em><em><span style="text-decoration: underline;">‘La conquista romana de la Montaña Palentina: el asedio de La Loma (Santibáñez de la Peña), escrito por Eduardo Peralta Labrador y publicado en el <a href="http://aruz.es/portfolio/coleccion-historia-de-la-montana-palentina-numero-2/" target="_blank">número 2 de la Colección de Historia Montaña Palentina</a>.</span></em><em></em></p>
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		<title>La trashumancia regresa  a la Montaña Palentina</title>
		<link>https://aruz.es/duis-commodo-cursus-augue-sit-amet-bibendum-donec-vel-quam/47/</link>
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		<pubDate>Sun, 07 Apr 2013 09:34:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Arquitectura tradicional]]></category>
		<category><![CDATA[Oficios tradicionales]]></category>
		<category><![CDATA[Trashumancia]]></category>

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		<description><![CDATA[1.400 ovejas procedentes de Huelva pasan el verano en la cara sur del Curavacas WIFREDO ROMÁN IBÁÑEZ Agosto, cara sur del Curavacas. Son las primeras horas de la mañana y lentamente comienza a despertar el pequeño campamento instalado junto al chozo de El Pando. Este refugio recibe su nombre de un arroyo cercano, un reducido cauce de agua que tras breve recorrido entrega sus aguas al río Carrión. Además del chozo, forman parte del campamento dos tiendas de campañas y un redil en el que permanece encerrado un gran rebaño de ovejas. Con los primeros rayos de sol, se inicia el movimiento en el chozo y en las tiendas, donde pernoctan desde hace varias semanas cuatro personas. Se trata de Oscar, un pastor de origen paraguayo emparentado con una familia de ganaderos de Liébana, al que acompañan un veterinario llegado de Valencia y dos estudiantes de la Escuela de Pastores de la Junta de Andalucía, Mario e Isabel. Los cuatro son los encargados de cuidar las 1.400 ovejas merinas que a finales de junio han llegado procedentes de Huelva. Su presencia supone el regreso de la trashumancia a las laderas del Curavacas, lugar donde hacía ya años que esta actividad se había perdido. Durante siglos, la trashumancia fue una práctica habitual en numerosos puertos de la Montaña Palentina, destino estival de miles de ovejas procedentes principalmente de Extremadura. Estos rebaños proporcionaban a los pueblos de la zona importantes beneficios derivados del arriendo de los pastos, además de haber generado una cultura ancestral que todavía hoy puede detectarse en los antiguos chozos de pastor. Sin embargo, en el siglo XX la trashumancia entró en decadencia y las ovejas dejaron de visitar los puertos a partir de los años ochenta y noventa. El rebaño instalado este año en la cara sur del Curavacas está formado por animales de cinco ganaderías diferentes procedentes de la sierra de Aracena y Picos de Aroche. Su presencia en el norte palentino se debe a la iniciativa de Ernestine Ludeke, encargada de una de las cabañas y al mismo tiempo una de las responsables de la Fundación Monte Mediterráneo. Su propósito es recobrar la antigua actividad trashumante de forma progresiva durante los próximos años, hasta conseguir llevar 10.000 animales a las zonas de pasto estival. Las ovejas situadas en El Pando fueron transportadas en camiones y llegaron recién esquiladas. Junto a ellas se trajeron 50 carneros, con el propósito de que las fueran cubriendo durante el verano. De esta forma, tras cinco meses de gestación, parirán sus corderos a las pocas semanas de haber llegado de regreso a Huelva. Los pastores son ayudados en el cuidado del rebaño por cuatro mastines, que vigilan ante la posible aparición de los lobos y portan en sus cuellos las carlancas, collares puntiagudos de hierro que protegerán a los animales en caso de que se produzca un ataque. Para el manejo del ganado hay además una pequeña perra pastora que mueve a las ovejas cuando es necesario. La jornada en El Pando Ha pasado un rato desde que la luz del nuevo día consiguió dominar El Pando. Los primeros movimientos intermitentes de los pastores van dando paso a una actividad más constante. Después de desayunar y realizar las prácticas de aseo que las circunstancias permiten, comienza el trabajo diario. Las ovejas han pasado la noche en el redil, del que son liberadas a las diez de la mañana. A partir de este momento se las dirige a alguna de las laderas del entorno. Poco a poco, en grupos más o menos numerosos, comienzan a dispersarse por el terreno elegido y es entonces cuando se puede apreciar la verdadera dimensión del rebaño. Las altas rocas, las extensas praderas y los cerrados brezales son ocupados por cientos de ovejas. La jornada transcurre plácida para ellas, con alguna visita esporádica a los lugares en los que circulan los ahora escasos cauces de agua. Así hasta que, a primera hora de la tarde, los pastores inician la reunión del rebaño. Esta tarea no es sencilla, debido a la dispersión que alcanzan los animales, y no culmina hasta que todos son reunidos en el redil, sobre las ocho de la tarde. “El problema para manejar las ovejas es que cuando se está terminando la comida en un lugar determinado se dividen en muchos grupos, cada uno de los cuales marcha por su cuenta abarcando una extensión mucho mayor y entonces son difíciles de controlar”, comenta Oscar. Para proporcionar diferentes pastos a la cabaña, las ovejas se han conducido algunos días hasta las inmediaciones del pozo Oscuro, a 2.000 metros de altura. También el redil portátil en el que los animales pasan la noche se mueve periódicamente, lo que permite que las ovejas puedan dejar limpia alguna zona de matorral. Y es que otro de los beneficios que aporta la presencia del rebaño es el de desbrozar y abonar el paraje en el que pastan. A finales de agosto, de la cifra inicial de ovejas trasladadas desde Huelva se han perdido en torno a un centenar de animales, algunas en el viaje y otras durante su estancia en El Pando. Se considera que un porcentaje razonable de pérdidas en un movimiento de este tipo es del 10%. Los pastores han observado una tarde al lobo asomado en las crestas cercanas y dan por seguro que, a pesar de las precauciones empleadas, alguna de las ovejas desaparecidas ha caído en las fauces del depredador. Los dos jóvenes de la escuela de pastores, un chico y una chica llegados de Córdoba y Granada, abandonarán el rebaño el 28 de agosto, después de realizar sus prácticas. El veterinario valenciano, por su parte, marchará el 7 de septiembre. En su lugar llegarán nuevos estudiantes y algunos lebaniegos como refuerzo temporal. Cae la tarde lentamente y las ovejas apuran su horario de alimentación. Algunas parecen ya saciadas y se acercan al chozo de El Pando, en cuyas inmediaciones se encuentra el redil. Desde este lugar, a más de 1.800 metros de altura, las vistas resultan impresionantes y parecen renovadas cada poco tiempo, en función de la cambiante iluminación del día. El Curavacas se revela desde aquí como una fortaleza imponente y su cercanía resulta magnética y rotunda. Hacia el sur, desde las alturas, aparece otra panorámica igualmente espléndida que domina los territorios de Vidrieros y Triollo. A un lado y a otro, como columnas que parecieran soportar la cúpula celeste, se destacan cumbres tan colosales como Santa Lucía o el Espigüete. El atardecer anuncia el recogimiento del campamento de El Pando. El rebaño ha sido ya guardado y los pastores se preparan para la cena, acompañados por los mastines y por la pequeña perra pastor. Así sucederá cada día hasta que a primeros de octubre, con la llegada de los primeros fríos, se produzca el viaje de regreso hasta tierras onubenses. Así ha sido durante siglos en estos parajes… la trashumancia ha regresado a la Montaña Palentina. Para más información: ‘Arquitectura pastoril en el norte de Palencia: chozos, tenadas, cabañas y corrales’, obra de Eduardo Vielba Infante publicada en el número 6 de la Colección de Historia Montaña Palentina.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;" align="center"><strong>1.400 ovejas procedentes de Huelva pasan el verano en la cara sur del Curavacas</strong></p>
<p><em>WIFREDO ROMÁN IBÁÑEZ</em></p>
<p>Agosto, cara sur del Curavacas. Son las primeras horas de la mañana y lentamente comienza a despertar el pequeño campamento instalado junto al chozo de El Pando. Este refugio recibe su nombre de un arroyo cercano, un reducido cauce de agua que tras breve recorrido entrega sus aguas al río Carrión. Además del chozo, forman parte del campamento dos tiendas de campañas y un redil en el que permanece encerrado un gran rebaño de ovejas.</p>
<p>Con los primeros rayos de sol, se inicia el movimiento en el chozo y en las tiendas, donde pernoctan desde hace varias semanas cuatro personas. Se trata de Oscar, un pastor de origen paraguayo emparentado con una familia de ganaderos de Liébana, al que acompañan un veterinario llegado de Valencia y dos estudiantes de la Escuela de Pastores de la Junta de Andalucía, Mario e Isabel.</p>
<p>Los cuatro son los encargados de cuidar las 1.400 ovejas merinas que a finales de junio han llegado procedentes de Huelva. Su presencia supone el regreso de la trashumancia a las laderas del Curavacas, lugar donde hacía ya años que esta actividad se había perdido. Durante siglos, la trashumancia fue una práctica habitual en numerosos puertos de la Montaña Palentina, destino estival de miles de ovejas procedentes principalmente de Extremadura. Estos rebaños proporcionaban a los pueblos de la zona importantes beneficios derivados del arriendo de los pastos, además de haber generado una cultura ancestral que todavía hoy puede detectarse en los antiguos chozos de pastor. Sin embargo, en el siglo XX la trashumancia entró en decadencia y las ovejas dejaron de visitar los puertos a partir de los años ochenta y noventa.</p>
<p>El rebaño instalado este año en la cara sur del Curavacas está formado por animales de cinco ganaderías diferentes procedentes de la sierra de Aracena y Picos de Aroche. Su presencia en el norte palentino se debe a la iniciativa de Ernestine Ludeke, encargada de una de las cabañas y al mismo tiempo una de las responsables de la Fundación Monte Mediterráneo. Su propósito es recobrar la antigua actividad trashumante de forma progresiva durante los próximos años, hasta conseguir llevar 10.000 animales a las zonas de pasto estival.</p>
<p>Las ovejas situadas en El Pando fueron transportadas en camiones y llegaron recién esquiladas. Junto a ellas se trajeron 50 carneros, con el propósito de que las fueran cubriendo durante el verano. De esta forma, tras cinco meses de gestación, parirán sus corderos a las pocas semanas de haber llegado de regreso a Huelva.</p>
<p>Los pastores son ayudados en el cuidado del rebaño por cuatro mastines, que vigilan ante la posible aparición de los lobos y portan en sus cuellos las carlancas, collares puntiagudos de hierro que protegerán a los animales en caso de que se produzca un ataque. Para el manejo del ganado hay además una pequeña perra pastora que mueve a las ovejas cuando es necesario.</p>
<p><strong>La jornada en El Pando</strong></p>
<p>Ha pasado un rato desde que la luz del nuevo día consiguió dominar El Pando. Los primeros movimientos intermitentes de los pastores van dando paso a una actividad más constante. Después de desayunar y realizar las prácticas de aseo que las circunstancias permiten, comienza el trabajo diario. Las ovejas han pasado la noche en el redil, del que son liberadas a las diez de la mañana. A partir de este momento se las dirige a alguna de las laderas del entorno. Poco a poco, en grupos más o menos numerosos, comienzan a dispersarse por el terreno elegido y es entonces cuando se puede apreciar la verdadera dimensión del rebaño. Las altas rocas, las extensas praderas y los cerrados brezales son ocupados por cientos de ovejas. La jornada transcurre plácida para ellas, con alguna visita esporádica a los lugares en los que circulan los ahora escasos cauces de agua. Así hasta que, a primera hora de la tarde, los pastores inician la reunión del rebaño. Esta tarea no es sencilla, debido a la dispersión que alcanzan los animales, y no culmina hasta que todos son reunidos en el redil, sobre las ocho de la tarde.</p>
<p><em>“El problema para manejar las ovejas es que cuando se está terminando la comida en un lugar determinado se dividen en muchos grupos, cada uno de los cuales marcha por su cuenta abarcando una extensión mucho mayor y entonces son difíciles de controlar”</em>, comenta Oscar. Para proporcionar diferentes pastos a la cabaña, las ovejas se han conducido algunos días hasta las inmediaciones del pozo Oscuro, a 2.000 metros de altura. También el redil portátil en el que los animales pasan la noche se mueve periódicamente, lo que permite que las ovejas puedan dejar limpia alguna zona de matorral. Y es que otro de los beneficios que aporta la presencia del rebaño es el de desbrozar y abonar el paraje en el que pastan.</p>
<p>A finales de agosto, de la cifra inicial de ovejas trasladadas desde Huelva se han perdido en torno a un centenar de animales, algunas en el viaje y otras durante su estancia en El Pando. Se considera que un porcentaje razonable de pérdidas en un movimiento de este tipo es del 10%. Los pastores han observado una tarde al lobo asomado en las crestas cercanas y dan por seguro que, a pesar de las precauciones empleadas, alguna de las ovejas desaparecidas ha caído en las fauces del depredador.</p>
<p>Los dos jóvenes de la escuela de pastores, un chico y una chica llegados de Córdoba y Granada, abandonarán el rebaño el 28 de agosto, después de realizar sus prácticas. El veterinario valenciano, por su parte, marchará el 7 de septiembre. En su lugar llegarán nuevos estudiantes y algunos lebaniegos como refuerzo temporal.</p>
<p>Cae la tarde lentamente y las ovejas apuran su horario de alimentación. Algunas parecen ya saciadas y se acercan al chozo de El Pando, en cuyas inmediaciones se encuentra el redil. Desde este lugar, a más de 1.800 metros de altura, las vistas resultan impresionantes y parecen renovadas cada poco tiempo, en función de la cambiante iluminación del día. El Curavacas se revela desde aquí como una fortaleza imponente y su cercanía resulta magnética y rotunda. Hacia el sur, desde las alturas, aparece otra panorámica igualmente espléndida que domina los territorios de Vidrieros y Triollo. A un lado y a otro, como columnas que parecieran soportar la cúpula celeste, se destacan cumbres tan colosales como Santa Lucía o el Espigüete.</p>
<p>El atardecer anuncia el recogimiento del campamento de El Pando. El rebaño ha sido ya guardado y los pastores se preparan para la cena, acompañados por los mastines y por la pequeña perra pastor. Así sucederá cada día hasta que a primeros de octubre, con la llegada de los primeros fríos, se produzca el viaje de regreso hasta tierras onubenses. Así ha sido durante siglos en estos parajes… la trashumancia ha regresado a la Montaña Palentina.</p>
<p><em><span style="text-decoration: underline;">Para más información: </span></em><em><span style="text-decoration: underline;">‘Arquitectura pastoril en el norte de Palencia: chozos, tenadas, cabañas y corrales’, obra de Eduardo Vielba Infante publicada en el <a href="http://aruz.es/portfolio/coleccion-historia-de-la-montana-palentina-numero-6/">número 6 de la Colección de Historia Montaña Palentina</a>.</span></em><em></em></p>
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